domingo, 17 de julio de 2016
Los sefarditas de Tetuán
Los sefarditas de Tetuán y “la marcha triunfal” de Franco
Hubo numerosos judíos extranjeros que colaboraron en la guerra civil con el Frente Popular. También los hubo que se unieron a la causa de los rebeldes, aunque éstos, sobre el papel, tenían perdida la guerra: habían sido derrotados en las principales ciudades, no controlaban la flota, carecían de apoyo diplomático, sus principales fuerzas se encontraban asiladas en Marruecos…
Desde la guerra de África (1859-1860), concluida con el Tratado de Wad-Ras, que se firmó en Tetuán, “las familias judías más importantes siempre mantuvieron unas relaciones intensas desde el punto de vista económico con el ejército de África” (Isidro González, en Los judíos y la Segunda República Española. 1931-1939). En Melilla, quizás la ciudad española más diversa racial y religiosamente hasta finales del siglo XX, vivían unos 6.000 judíos en 1936. Pero esa amistad, de la cual los judíos habían obtenido protección ante los asaltos que cometían contra sus personas y sus negocios los musulmanes, no les evitó en el primer verano de la guerra multas y amenazas, y hasta algunos asesinatos de quienes eran miembros de logias masónicas y partidos de izquierdas (José Antonio Lisbona en Retorno a Sefarad).
Franco contradice a Queipo de Llano
El general Gonzalo Queipo de Llano, que había pasado de conspirar contra la Monarquía en 1930 a conspirar contra la República unos años después, obligó a los judíos avecindados en Sevilla a desembolsar 138.000 pesetas. En sus famosas charlas radiofónicas, el general solía arremeter contra los judíos con los tópicos de la literatura antisemita de Los Protocolos de los Sabios de Sión, como que impulsaban la revolución comunista mundial. Los militares rebeldes obligaron a las comunidades de Ceuta y Tetuán a pagar 900.000 francos la primera y 500.000 pesetas la segunda (José Ángel Sáchez Asiaín, en La financiación de la guerra civil española)
El escritor falangista y luego alférez provisional Rafael García Serrano describe (La gran esperanza) la sorpresa que le produjo encontrarse en la portada de Arriba España, el primer diario de que disponía la Falange, en su número del 1 de octubre de 1936, la siguiente consigna: “¡Camarada! Tienes la obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo. Destruye y quema sus periódicos, sus libros, sus revistas, sus propagandas”.
Lo del judaísmo me sonaba un tanto extraño. Todo lo demás me parecía normal, salvo, acaso, que de haber destruido y quemado ‘La Voz de Navarra’ (periódico del PNV en cuyos talleres de Pamplona los falangistas tiraron el suyo) yo no podría tener mi ‘Arriba España’ en las manos. (…) Peor el antijudaísmo se puso de moda, yo creo que por primera vez con cierta resonancia después de los Reyes Católicos. Soplaba el viento antisemita desde Alemania y quien mejor lo acogió fue la derecha española.
Sin embargo, las familias judías más prominentes del protectorado español de Marruecos se pusieron desde el primer momento al servicio de los sublevados. En julio de 1936, a los pocos días de estallar la guerra, se organizó en Melilla una suscripción para ayudar al Ejército, en la que, según el Heraldo de Marruecos, publicado en Tetuán, de los 29 suscriptores, 24 eran judíos; luego más judíos se sumaron a las sucesivas suscripciones (para los damnificados del bombardeo de Tetuán, por Falange, para vestuario y equipo, para remediar el paro…).
En las listas, algunos de los apellidos que aparecen son los siguientes: Serfati, Danon, Beniflet, Emergui, Oziel, Bendahan, Azulay, Toledano, Benarroch, Salama y Bensabat.
Franco, “que estaba gestionando empréstitos con la banca judía de Tetuán y Tánger, se creyó obligado a desautorizar” las emisiones de Queipo de Llano (Sánchez Asiaín) El 15 de agosto de 1936 dirigió una carta al Consejo Comunal Israelí de Tetuán en la que les pedía que no prestaran atención alguna a las soflamas de Queipo de Llano. Posteriormente, la oficina de prensa del generalísimo tuvo que desmentir las informaciones publicadas en varios periódicos extranjeros sobre el antisemitismo de los alzados y subrayar que de la nueva España sólo quedaría excluido el comunismo.
Un petrolero para Melilla
Pero estas adineradas familias judías aportaron no sólo billetes, sino también sus relaciones internacionales, como, en el mismo sentido, hicieron varios financieros españoles, por ejemplo consejeros del Banco de España o del Banco de Bilbao pasados a la zona nacional que negociaban con banqueros franceses y británicos.
El banquero Jacobo Salama, concesionario delegado de la petrolera Shell, tenía amistad con varios de los militares que luego se sublevaron el 17 de julio: Franco, José Millán Astray, Agustín Muñoz Grandes, Juan Vigón, Juan Beigbeder, Rafael García Valiño… Según Lisbona, Salama persuadió mediante garantías personales y económicas a la dirección de la Shell para que hiciera retornar a Melilla un petrolero que provenía de Francia y cuyo destino era el puerto español, pero que, ante las noticia del golpe de Estado, había cambiado su rumbo a Argel. Así se garantizaron los militares el suministro de combustible los primeros días.
Según el historiador Luis Suárez, el director de la Banca Hassan de Tetuán, José Toledano, ayudó, por orden del general Franco, al coronel Juan Beigbeder (alto comisario en Marruecos entre 1937 y 1939 y ministro de Asunto Exteriores entre 1939 y 1940) a organizar la recogida de fondos entre los judíos del Marruecos español.
Un asunto menos conocido es la colaboración de los judíos de Gibraltar con los militares sublevados el 18 de julio. Según Danielle Rozenberg, algunas familias, como los Bentolila y los Benholta, no sólo aportaron dinero, sino que pasaron información de interés militar a Franco a través del citado Beigbeder.
Por último, otras familias judías que colaboraron con los militares aunque con menor intensidad que las ya citadas fueron, según la relación de Luis Suárez, Benhamu, Benarroch, Hachuel y Benatar.
En los años posteriores, el régimen vencedor recompensó a estas familias judías con concesiones y licencias de importación.
Franco creó el Museo Sefardí en Toledo
En 1953, Franco declaró al presidente de la comunidad judía de Madrid, Francois Barukh, quien se lo transmitió a Elia Eliachar, sefardita residente en Jerusalén, las siguientes palabras, recogidas por Lisbona:
Su Excelencia el Generalísimo me dijo cómo la población sefardita de Tetuán financió su marcha triunfal sobre España.
Las buenas relaciones de Franco con los judíos se mantuvieron durante todo su régimen. En la Segunda Guerra Mundial, numerosos diplomáticos españoles destinados en la Europa ocupada por el III Reich cumplieron las órdenes del generalísimo de amparar a los judíos perseguidos, incluso con la falsificación de pasaportes.
Y pese a que a Franco le sentó fatal el voto contrario de Israel a la revocación de las sanciones aplicadas por las Naciones Unidas, en los años 50 y 60 colaboró con el Gobierno israelí en varias operaciones para retirar judíos de los países árabes, como Egipto y Marruecos. También se puede citar como acto en favor de los judíos la cesión por el régimen franquista de la Sinagoga del Tránsito, en Toledo, como sede del Museo Sefardí. El propio Franco firmó el decreto 874/1964, de 18 de marzo, de creación del museo.
La jaquetía
LA JAQUETÍA, DIALECTO JUDEOESPAÑOL DEL NORTE DE MARRUECOS
La Jaquetía es la lengua en la que generaciones de judíos del Norte de África condensaron sus liturgias, su folklore, su sentimiento: desde plazas como Tánger, Tetuán, o Larache, ha servido de cauce de expresión a los muchos sefardíes que desde las comunidades judías norafricanas emigraron entre otros a Israel y a Iberoamérica.
Cuando tenía aproximadamente diez años, tuve la suerte de que en mi colegio, en mi clase hubiera compañeros hindúes, de los bazares de la calle Luneta, marroquíes, y también hebreos. Hice amistad con varios niños hebreos de mi edad y el fútbol nos unía. Lo curioso era que jugábamos partidos de horas y horas, especialmente en los periodos de vacaciones, sobre todo en verano, en calles de la Mellah o judería de Tetuán, que apenas superaban los tres o cuatro metros de anchura. De entre los recuerdos que más evoco y me gustaba oír, al igual que a mis padres, era el tonillo del sonido melodioso de sus palabras en su lengua la jaquetía, que cuando no se sentían especialmente observados se les escapaba en sus conversaciones domésticas o más íntima.
La jaquetía es la lengua en la que generaciones de judíos del norte de África condensaron sus liturgias, su folklore, su sentimiento, originaria del habla que en tiempos de los reyes católicos se hablaba en la península y seguramente en Granada: desde plazas como Tánger, Tetuán, o Larache, ha servido de cauce de expresión a los muchos sefardíes que desde las comunidades judías norafricanas emigraron entre otros a Israel y a Iberoamérica.
La jaquetía es la lengua en la que generaciones de judíos del norte de África condensaron sus liturgias, su folklore, su sentimiento, originaria del habla que en tiempos de los reyes católicos se hablaba en la península y seguramente en Granada: desde plazas como Tánger, Tetuán, o Larache, ha servido de cauce de expresión a los muchos sefardíes que desde las comunidades judías norafricanas emigraron entre otros a Israel y a Iberoamérica.
La comunidad judía de Tánger tenía su propia identidad. Si la religión constituía el punto relevante y distintivo del resto de la población marroquí y las diversas colonias extranjeras, la lengua y la cultura la diferenciaban de «los otros», «los forasteros» (4), los judíos del interior de Marruecos.
Como los judíos de Tetuán, Larache, Asilah, Chaouen o Alcázar, el judío tangerino conservó, cariñosa y cuidadosamente, el idioma familiar y comunitario: el judeo-español. Este idioma, conviviendo con otros idiomas y consiguiendo mayor entendimiento con moros y cristianos, evolucionó para dar como resultado una mezcla que recibe como nombre «hakitía».
José Benoliel califica esta mezcla como «un dialecto peculiar a los judíos, de origen ibérico establecidos en Marruecos desde la expulsión de España (), es un compuesto de castellano antiguo, más o menos, bien conservado, de árabe, de hebreo, etc… al que se da vulgarmente el nombre de hakitía» (5).
Sin embargo, la “infidelidad” de los hablantes que lo crearon v usaron junto con la rehispanización masiva a la cual fue sometido el dialecto a finales del siglo XIX y finalmente la seducción del francés que terminó con la creación de las escuelas de la Alianza Israelita Universal (6), acentuaron y aceleraron el proceso de extinción.
De resultas, la hakitía sufrió una decadencia y muchos firmaron su certificado de defunción afirmando que queda sólo un mero recuerdo.
Sin embargo, en una ciudad sin mellah, los judíos -dedicados principalmente al comercio y en contacto continuo tanto con la población marroquí como con su habla- se habían integrado en la sociedad marroquí y esa misma hakitía siguió su proceso de evolución dando paso a otro tipo de hakitía que tiene como raíz palabras del dialecto marroquí y terminación del español moderno.
A esta misma hakitía se refería nuestro informante cuando nos afirmó: «lo [la hakitía] hablamos en broma, pero resulta que la hakitía que hablamos nosotros es el árabe espanolisado. Por ejemplo decimos: «bastante bsslha venga ya feddi liya de una vez» o «se fue fulano a Italia y soy muy wahchiado» «andi wach dial hada eso wahchiado». o sea hablamos mal el español y mal el árabe»
(7).
Mientras este informante reconocía la existencia de otro tipo de hakitía, la mayoría de los demás niega saber palabras haquetíescas alegando «en casa de mis padres hablábamos español, nosotros vivíamos en el boulevard, nosotros no vivíamos en el soko», «cuando era niña, cuando decía alguna palabra de haketía, mis padres me prohibían hablar haketía», «cuando decía alguna palabra de haketía, mi madre me decía “esto no se dice” y a veces me castigaba. ¿Sabes por qué? Porque estaba mal visto hablar haketía. Era un dialecto vulgar y de gente ignorante.»
Testimonios como éstos ponen en tela de juicio la opinión que se tenía de la haketía: estaba prohibido hablarla en algunas casas, estaba limitada a la gente que vivía por el zoco y era un dialecto vulgar, peculiar tan sólo a la gente ignorante.
José Benoliel califica esta mezcla como «un dialecto peculiar a los judíos, de origen ibérico establecidos en Marruecos desde la expulsión de España (), es un compuesto de castellano antiguo, más o menos, bien conservado, de árabe, de hebreo, etc… al que se da vulgarmente el nombre de hakitía» (5).
Sin embargo, la “infidelidad” de los hablantes que lo crearon v usaron junto con la rehispanización masiva a la cual fue sometido el dialecto a finales del siglo XIX y finalmente la seducción del francés que terminó con la creación de las escuelas de la Alianza Israelita Universal (6), acentuaron y aceleraron el proceso de extinción.
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| ALUMNOS DE LA ALIANZA ISRAELITA UNIVERSAL DE TÁNGER (foto del archivo de ACAM.LUKUS) |
De resultas, la hakitía sufrió una decadencia y muchos firmaron su certificado de defunción afirmando que queda sólo un mero recuerdo.
Sin embargo, en una ciudad sin mellah, los judíos -dedicados principalmente al comercio y en contacto continuo tanto con la población marroquí como con su habla- se habían integrado en la sociedad marroquí y esa misma hakitía siguió su proceso de evolución dando paso a otro tipo de hakitía que tiene como raíz palabras del dialecto marroquí y terminación del español moderno.
A esta misma hakitía se refería nuestro informante cuando nos afirmó: «lo [la hakitía] hablamos en broma, pero resulta que la hakitía que hablamos nosotros es el árabe espanolisado. Por ejemplo decimos: «bastante bsslha venga ya feddi liya de una vez» o «se fue fulano a Italia y soy muy wahchiado» «andi wach dial hada eso wahchiado». o sea hablamos mal el español y mal el árabe»
(7).
Mientras este informante reconocía la existencia de otro tipo de hakitía, la mayoría de los demás niega saber palabras haquetíescas alegando «en casa de mis padres hablábamos español, nosotros vivíamos en el boulevard, nosotros no vivíamos en el soko», «cuando era niña, cuando decía alguna palabra de haketía, mis padres me prohibían hablar haketía», «cuando decía alguna palabra de haketía, mi madre me decía “esto no se dice” y a veces me castigaba. ¿Sabes por qué? Porque estaba mal visto hablar haketía. Era un dialecto vulgar y de gente ignorante.»
Testimonios como éstos ponen en tela de juicio la opinión que se tenía de la haketía: estaba prohibido hablarla en algunas casas, estaba limitada a la gente que vivía por el zoco y era un dialecto vulgar, peculiar tan sólo a la gente ignorante.
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| SINAGOGA NAHÓN, DE TÁNGER |
En definitiva, los prejuicios que se tenían desgraciadamente de la haquitía favorecieron su decadencia, su agonía y su extinción. De hecho, su desaparición se debió, principalmente, a razones de carácter socioeconómico y cultural.
A decir verdad cuando me llegaron al oído tales testimonios, me di cuenta de cómo un idioma puede desaparecer por prejuicios y dentro de mí llegué a decir: ¡Ya hasra! Pero a pesar de eso no me resigné. Quería averiguar si los mismos que manifestaban no saber absolutamente nada de hakitía me podían decir algunas palabras.
Fue difícil romper esa barrera de «no sé nada de Haketía». Y cuando se convencieron de que para mí la hakitía no es en absoluto vulgar, cuando cogieron algo de confianza, cuando percibieron mi gran curiosidad hacia ese dialecto totalmente ignorado por mí, cuando se sintieron seguros y relajados y finalmente cuando me presentó un conocido de mi padre como estudiante que investiga la comunidad judía de Tánger, sólo en ese momento, dieron riendas sueltas a sus recuerdos y empezaron a decirme palabras y frases como «está wahleado» (está en apuro), «está chonjreando» (está roncando), «fraja» (alegría), «farezmal» (fuera del mal).
Había incluso un informante que, siendo originario de Casablanca, manifestaba con cierto orgullo: «yo soy de Casablanca y sé algunas palabras de haketía porque lo he aprendido aquí en el casino. Ellos cuando están juntos hablan, a veces, haketía. Pero cuando hay alguien extraño no quieren hablar, pero saben muchas palabras de haketía. Yo sé por ejemplo la palabra «alhotar», «se arsó el mazzal», «me vaya kapara por tí» y muchas otras. (8)
Otro informante me cantó la siguiente «canción»:
«Por esos bulevares/ de 7 a 8/ pasean las alhasbas/ buscando novio/ me vaya kapara/ me vaya hálala.» (Las alhasbas son las chicas).
Es de subrayar que la mayoría de las palabras que hemos recogido tienen la raíz del árabe dialectal y la terminación del castellano.
Gran número de mis informantes fueron localizados en el casino mientras festejaban la fiesta de Hanukah, otros fueron entrevistados en la comunidad. Estos últimos me hablaron de las muchas sinagogas que existían en Tánger y de los dos cementerios judíos: el viejo y el nuevo. Luis Tangir, secretario de la Comunidad, refiriéndose a la sinagoga de Nahón me explicó: «Esta sinagoga estaba destruida y tiene más de ciento y pico años. Yo la descubrí y me encargué personalmente de restaurarla. En esta sinagoga estaba la crema y la nata de la judería de Tánger».
La mencionada sinagoga se va a convertir en museo en memoria de todos los antiguos judíos tangerinos; tiene el altar en frente a diferencia de las otras sinagogas. Ya no se celebran oficios en esta sinagoga.
Como todos los informantes me hablaban de la semejanza que tiene la sinagoga de Nahón con la Alhambra de Granada, quería visitarla para tener la oportunidad de palpar personalmente dicha semejanza. Pedí permiso al secretario de la Comunidad y me brindó, gustosamente, su ayuda. Gracias a su enorme generosidad y acompañada por un empleado de la Comunidad, llegué a visitar todas las sinagogas encontradas en Tánger y pude notar el gran parecido que tiene la sinagoga de Nahón con la Alhambra de Granada. La gran semejanza reside, principalmente, en las placas de escayola usadas -éstas fueron traídas precisamente de Granada hace más de 100 años-, en los arcos y en los cristales colorados.
Aparte de ésta, quedan sólo cuatro sinagogas (9): la sinagoga de Benattar, la sinagoga de Bendrihen, la sinagoga Assayag y la sinagoga de Suiri. Las dos primeras tienen oficio diario mientras que las últimas se limitan a tenerlo sábados y festivos.
Una vez visitadas las sinagogas, deseaba entrar aunque fuera por pocos minutos, en el cementerio. Logré visitar, únicamente, el cementerio viejo donde descansan en un profundo y continuo sueño los antiguos judíos tangerinos, los que nacieron, vivieron y murieron en su querida Tánger, los que formaron la comunidad judía. Empecé a buscar nombres que me son familiares entre las numerosas lápidas y pude leer, entre otros, el nombre de Isaac Laredo (1946), autor de Memorias de un viejo tangerino. Hasta los años sesenta se seguía enterrando en el viejo cementerio pero hace unos treinta años se dejó de hacerlo; hará unos diez años enterraron al hijo del Presidente de la Comunidad.
Los minutos contados que pasé en el cementerio me inspiraron una emoción y una paz tan grandes que mientras miraba las interminables lápidas me llegué a decir «¡ya hasra!, ojalá pudiera volver el tiempo hacia atrás para tener la oportunidad de conocer a tantos ilustres judíos tangerinos». Pero me consolaba diciéndome que por lo menos queda algo del antiguo, fascinante y mítico Tánger pero ¿qué queda de aquel añorado Tánger?
Quedan los cementerios, en cuyas lápidas se hallan grabados para siempre los nombres de los que un día formaron parte de la comunidad judía. Quedan las sinagogas, que aunque sean pocas, mantienen viva esa religión que presenta el único punto distintivo del resto de la población. Quedan residuos de ese idioma que llegó a ser medio de comunicación de «los nuestros». Quedan los testimonios de las personas que convivieron, y siguen conviviendo, con la comunidad marroquí. Quedan las varias instituciones creadas como el asilo y hospital Benchimol, la sede de la comunidad y el casino que cada tarde reúne, con gran orgullo, a los «suyos» y se convierte en el único testigo que presencia los restos de la hakitía. Quedan las personas que mantienen viva a la comunidad judía de Tánger. Quedan aquellos que no cambiarán -por nada en el mundo- su ciudad porque «en Tánger te hablan las calles, te hablan las piedras, todo te habla» (10). Quedan miembros de familias de mucho prestigio como Azancot, Bengio y Assayag. Quedan finalmente los recuerdos que permanecen vivos en la mente de cada judío tangerino, recuerdos que sólo la muerte es capaz de borrar, recuerdos que se nutren cada día con una referencia, por muy infame que sea, al pasado porque como dice Milán Kundera: «La lucha del ser en la vida es la lucha del recuerdo contra el olvido».
Tánger seguirá siendo ese «paraíso perdido» que siempre está dispuesto a acoger a «los suyos», a esos «hijos adoptivos» que un día abandonaron su Tánger de cuerpo pero no de alma, esos hijos que siempre vuelven iniciando el flash back con un ¡ya hasra!, esos hijos que han sido, son y serán fieles a la ciudad que un día vio nacer y crecer a un antepasado.
Y ahora con la sinagoga de Nahón, que se está convirtiendo en museo en memoria de todos los judíos de Tánger, la ciudad aguarda, con gran orgullo e inmensa impaciencia, ese día que le brindará —una vez más- la oportunidad de abrazar a todos sus seres queridos.
No quisiera terminar con un ¡ya hasra! porque mientras siga viva una minoría judía en Tánger, se podrá recoger ese eco que recobra fuerza y resonancia, resonancia y vida.
Rajae Boumediane el Metni
*****
NOTAS DEL TEXTO:
1 – Expresión árabe que significa: ¡qué pena!
2 – Estadística facilitada por Luis Tangir, secretario de la Comunidad de Tánger. Hay 12 personas entre 2 y 15 años, 12 entre 15 y 25, 6 entre 25 y 50, 12 entre 90 y 100 y los demás tienen más de 60 años. Es de señalar que la mayoría de los jóvenes estudian fuera de Tánger.
3 – En 1960, la comunidad judía contaba con 6.300 judíos.
4 – Así llamaban los judíos del Norte de Marruecos a los del interior.
5 – J. Benoliel, Dialecto judeo-hispano-marroquí o hakitía, Madrid, 1977, p. 27.
6 – La primera escuela de la Alianza Israelita Universal se abrió en Tetuán en 1862.
7 – Este informante reconoció la existencia de otro tipo de hakitía formada principalmente de palabras del dialecto marroquí. La traducción respectiva de los dos ejemplos es: «basta ya de bromas, termina de una vez», «se fue a fulano a Italia y le echo mucho de menos. Wahchiado es echar de menos.»
8 – Esta es la traducción que me dio el mismo informante: «Alhotar» (ahorrar- guardar), «se arsó el mazzal» (tuvo mucha suerte), «me vaya kapara por tí» (lo doy todo por ti)
9 – Antes llegaron a coexistir 17 sinagogas en una misma calle denominada por eso «calle de las sinagogas». Hasta hoy día, y aunque la calle tiene otro nombre, sigue el letrero con el mismo nombre escrito en árabe, en español y en francés. Actualmente en esa misma calle quedan sólo dos sinagogas: la de Nahón y la de Suiri.
10 – Son palabras de un judío tangerino que me causaron una gran emoción.
Membranzas (Memorias) de mi mancebes (juventud) en Larache Ma’ase de los churros. Solía pasar largas temporadas en Larache en cazza de mis tías. Me gustaba ir a mercar churros para el ftor (desayuno). Primero entraba a la papelería Damián a mercar unos cromos para mi y una novela de Corin Tellado pa mi prima; mamá las llamaba-: “histoires a l’eau de rose” (cuentos con agua de rosa), de lo que suspiraba mi prima; discués me iba a una churrería que estaba detrás del bar Matías de la caleja Chinguiti, ueno no era ninguna baqqala (tienda) máz bien una churrería ambulante en un rincón de una caleja, al final de esa caleja estaban los almacenes Martinez; ahí laboraba un primo enmuestro.
La señora churrera era una mujer gorda con unas tetas cade que, y eran para mi como un techo, yo era un tapito de cortita y no cudía ver su cara. Ella siempre vestía de preto (negro) con un delantal grande marrón. Cuando me veía se areía y me llamaba -petite brebis frisée- obejita rizada, por la cantidad de bucles que tenía. Me contó que vivió unos años en Marsella durante la guerra civil; su marido estuvo en el frente popular y mandó a la mujer y a los hijos a salvo en Francia, saha (pero) los mal.logrados (canallas) de los franquistas le fusilaron.
A mi me gustaba ver todo el proceso del hazer los churros. En frente de ella había una hoguera con una sartén redonda bien grande llena de azzeite cayente. Me quedaba wuakfeada (de pie) cabe el carrito, ‘ajbeada (sorprendida) de ver como manejaba la churrera dándole ueltas como un tornillo, y salía la masa luwándose (retorciéndose) como si fuera un guzzano, directamente en la sartén. Había que gablearlo (vigilarlo) para que la braza no sea muy cayente y quemé el azzeite. Cuando la masa estaba bien jamreada (dorada) sacaba ese churro el “redondel” como lo llamaban, de la sartén y le ponía sobre papel para empapar l’azzeite; lo cortaba en cashitos (pedazos) como unos 10cm o máz los empolvaba con azucuar. Me los ponía en papel absorbente y volvía a cazza. El golor (olor) era tan endiamantado (bueno) que no cudía resistir la tentación de gostar uno y otro en el camino; cuando llegaba a cazza, mi tía me miraba de reojo con una sonrizita.
Todos estaban sentados en la mezza asperando el ftor (desayuno), el tipad (tetera) de té verde con hierbawuena estaba aprontado (preparado) sobre la mezza con los bazzitos dorados de vidrio, ponía los churros en un plato grande y tamién (también) biscochitos.
A mi me gustaba de vez en cuando chocolate espeso, lo hazzia con kashitos (pedazos) de chocolate que ponía a derretir y un poco de leche.
El día que venian convidados (invitados), tita los serbía en la sala; la sala era muy bonita; tenía cuertas de vidrio caladas, en las paredes colgaban gobelinos auténticos, en los rincones habían jarrones grandes de porcelana china y contra una pared había un bufete de madera muy fina con cuertas de cristal de colores, una maravilla; le tenia repleto de cristalería y más hajitas (cositas) endiamantadas, la mezza grande era tamién de madera muy fina. En esos tiempos de yahasra mi tio tenia muchos chavos (dinero).
Tita traía la senilla (bandeja) redonda de plata que la mercó su marido en un viaje de negocios a Fez; ahí ponia el tipad de plata y los basitos de té del bufet. Tamién traía dulces de muchas clases y letuario las pascuas (menos el pesaj) ponia fijuelas, maronchinos, mazapanes, cabahzales. Se pasaban la tarde hadreando (hablando), melgheándose (bromeando) y arriéndose y ¡a immá! qadeso makleaban (comían) esas mujeres, parecía que tenían flaqueza (hambre). Yo no entraba ahi, nada más saludaba, me daban bezzos como ventozzas, siempre me limpiaba la cara.
La sala era para comer el Sabad, pascuas y bizita, las cuertas quedaban aferrojadas (cerradas) los otros días de la semana.
Al medio día, en la semana me mandaba al bakalito del Susi Brahim que hazía esquina con la caleja Daisuri, a mercar lo menester para los bocadillos; cuando él me ve veía entrar dizía: halaquila la francezita.
-¿Que se le sirve hoy guapa?
-Una peseta de azzeitunas y otra de atún –contestaba.
De allí pasaba a la panadería Alarios que estaba justo al cruzar a mercar panecitos.
Discués de uen ttiempo m’ acostumbri a mercar por peceta todo; mozotros en Soko l’arba mercabamos por kilo, por litro, por cashas (cajas).

Encima del susi (tendero) vivía Don Aurelio el muziko con su famia, todos los hijos eran muzikos. En el mizmo foqi (piso) vivía la familia de Aiash del periodista del “Chivato de Larache”, una de las hijas era amiga mía; abasho vivía la familia de Mercedes Lezerovich y por otra entrada mi tía Simha Ovadia hermana de mi auelo paterno. Era una cazza endiamantada; a la entrada habían cuatro scaleras, el pasillo era largo y ancho todo de azulejos. Me gustaba sentarme en las escaleras, hazia mucho frezco.
Tia Clara vivía en las cazzas de Mose Assayag; en esas cazzas moraban unas cuantas famias judias como los de Oziel, que stan awera en Andorra, Señora Preciada y famias españolas como los Montecatines que tenían una pastelería frente al Cine Ideal. Había un ambiente de hermandad. Al fondo de esa caleja staba el molina de harina.
En frente de las cazzas había un terreno vazío, todo arena, mozotros los niños juwuabamos en el. El verano se ponía ahí el circo español. ¡Como moz farjeabamos (alegrabamos)! con payasos, los trapecistas se colgaban al aire, que spanto. Un tio que tenia un cine, mos traia entradas debalde.
Un verano cuando avoltí a Larache encontrí que habían fraguado un comedor para lo pobres, en el mizmo luwar donde ponían la carpa del circo. Señora Strella Amselem una gran mizbotera (benevolente) era la que bushco los chabos, preparo todo, jatta se ponía delantal y mekneaba (servía) la comida. Recibían acuda (ayuda) financiera y productos alimentarios del Joint Americano, una organizacion judía de benevolencia.
Señora Strella quería mucho a bapá (papá) que era muy amigo de sus hijos Abraham el farmacéutico y Amran el dutor; ella es la que empusho a auelito a mandar a bapá a estudiar a Madrid; bapá y Abraham ambezzaros (estudiaron) juntos en la universidad en Madrid.
Ua esto voz contaré.
En 1977 se reeditó el libro Dialecto judeo-hispano-marroquí o Hakitía, de José Benoliel, patrocinada por Rafael Benazeraf. José Benoliel nació en Tánger en 1888. Tras estar unos años en España, regresó a Tánger, donde estudia antes de continuar en la Alliance Israelite Universelle de París. Fue profesor de esta institución en la capital francesa, en Tánger y en Mogador. Falleció en 1937.

Libro curioso, con un amplio glosario, y en el que encontramos el origen y significado de muchas de las expresiones que se utilizaban en Larache y Tánger por los que dominaban el hakitía o jaquetía.
El capítulo VIII está dedicado a las baldiciones (maldiciones). Y dice Benoliel: “Lasbaldiciones (maldiciones) son el arma de quien no tiene ni puede llevar otra. (…) Se baldonó por venganza y desagravio, se baldonó por gracia y recreo, se baldonó a desafío, se baldonó por baldonar, o por no saber hablar sin salpimentar cada frase de baldiciones apropiadas…”
Algunas de las que recoge son (me fascinan las palabras adaptadas al jaquetía, su gracia, su musicalidad):
No te quede amo ni dueño! (Esta es realmente una bendición en tono de maldición)
Venga una estruisión que lo estruya todo!
Se vaya y no volva!
Le entre un Huerco en las tripas!
Le entre una puliyya (polilla) que le apoliyye.
Le coma el león discués (después) de harto!
Se le caiga el mazzal (la suerte)
Le morda un alacrán
Le griten al oído y no lo oya!
El capítulo X, por su parte, está dedicado a los juramentos.
Entre los juramentos, recoge Benoliel, entre otros, los siguientes referidos a los juramentos hechos con el fin de vencer la resistencia ajena y de obtener lo que se desea, por ejemplo, lo que le dirá una madre a su hijo para convencerlo de algo:
Así me eches en el foyo
Así me llores
Y entre los refranes, esta curiosidad:
¿Quién alaba a la novia mocozza? Su madre la tiñozza.
También se dice: ¿Quién alaba a la novia coxa? Su madre la tullida (pr. tuyida); o¿Quién alaba a la novia tuerta? Su madre la cegata, o la maboxa, etc… Hay aún otras variantes sobre este mismo tema, cuyo significado es que para alabar un defecto o vicio es preciso tener otro igual o mayor. (…) También se emplea para denotar que, por mala que sea, una mercancía es siempre alabada por quien de ella se quiere deshacer, vendiéndola por buen precio.
En fin, unas notas sobre la hakitía o la jaquetía, otra herencia de la convivencia de las tres culturas en Larache, Tánger, Tetuán… Una hermosa herencia que se desvanece en el tiempo.


A decir verdad cuando me llegaron al oído tales testimonios, me di cuenta de cómo un idioma puede desaparecer por prejuicios y dentro de mí llegué a decir: ¡Ya hasra! Pero a pesar de eso no me resigné. Quería averiguar si los mismos que manifestaban no saber absolutamente nada de hakitía me podían decir algunas palabras.
Fue difícil romper esa barrera de «no sé nada de Haketía». Y cuando se convencieron de que para mí la hakitía no es en absoluto vulgar, cuando cogieron algo de confianza, cuando percibieron mi gran curiosidad hacia ese dialecto totalmente ignorado por mí, cuando se sintieron seguros y relajados y finalmente cuando me presentó un conocido de mi padre como estudiante que investiga la comunidad judía de Tánger, sólo en ese momento, dieron riendas sueltas a sus recuerdos y empezaron a decirme palabras y frases como «está wahleado» (está en apuro), «está chonjreando» (está roncando), «fraja» (alegría), «farezmal» (fuera del mal).
Había incluso un informante que, siendo originario de Casablanca, manifestaba con cierto orgullo: «yo soy de Casablanca y sé algunas palabras de haketía porque lo he aprendido aquí en el casino. Ellos cuando están juntos hablan, a veces, haketía. Pero cuando hay alguien extraño no quieren hablar, pero saben muchas palabras de haketía. Yo sé por ejemplo la palabra «alhotar», «se arsó el mazzal», «me vaya kapara por tí» y muchas otras. (8)
Otro informante me cantó la siguiente «canción»:
«Por esos bulevares/ de 7 a 8/ pasean las alhasbas/ buscando novio/ me vaya kapara/ me vaya hálala.» (Las alhasbas son las chicas).
Es de subrayar que la mayoría de las palabras que hemos recogido tienen la raíz del árabe dialectal y la terminación del castellano.
Gran número de mis informantes fueron localizados en el casino mientras festejaban la fiesta de Hanukah, otros fueron entrevistados en la comunidad. Estos últimos me hablaron de las muchas sinagogas que existían en Tánger y de los dos cementerios judíos: el viejo y el nuevo. Luis Tangir, secretario de la Comunidad, refiriéndose a la sinagoga de Nahón me explicó: «Esta sinagoga estaba destruida y tiene más de ciento y pico años. Yo la descubrí y me encargué personalmente de restaurarla. En esta sinagoga estaba la crema y la nata de la judería de Tánger».
La mencionada sinagoga se va a convertir en museo en memoria de todos los antiguos judíos tangerinos; tiene el altar en frente a diferencia de las otras sinagogas. Ya no se celebran oficios en esta sinagoga.
Como todos los informantes me hablaban de la semejanza que tiene la sinagoga de Nahón con la Alhambra de Granada, quería visitarla para tener la oportunidad de palpar personalmente dicha semejanza. Pedí permiso al secretario de la Comunidad y me brindó, gustosamente, su ayuda. Gracias a su enorme generosidad y acompañada por un empleado de la Comunidad, llegué a visitar todas las sinagogas encontradas en Tánger y pude notar el gran parecido que tiene la sinagoga de Nahón con la Alhambra de Granada. La gran semejanza reside, principalmente, en las placas de escayola usadas -éstas fueron traídas precisamente de Granada hace más de 100 años-, en los arcos y en los cristales colorados.
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| SINAGOGA NAHÓN, DE TÁNGER |
Aparte de ésta, quedan sólo cuatro sinagogas (9): la sinagoga de Benattar, la sinagoga de Bendrihen, la sinagoga Assayag y la sinagoga de Suiri. Las dos primeras tienen oficio diario mientras que las últimas se limitan a tenerlo sábados y festivos.
Una vez visitadas las sinagogas, deseaba entrar aunque fuera por pocos minutos, en el cementerio. Logré visitar, únicamente, el cementerio viejo donde descansan en un profundo y continuo sueño los antiguos judíos tangerinos, los que nacieron, vivieron y murieron en su querida Tánger, los que formaron la comunidad judía. Empecé a buscar nombres que me son familiares entre las numerosas lápidas y pude leer, entre otros, el nombre de Isaac Laredo (1946), autor de Memorias de un viejo tangerino. Hasta los años sesenta se seguía enterrando en el viejo cementerio pero hace unos treinta años se dejó de hacerlo; hará unos diez años enterraron al hijo del Presidente de la Comunidad.
Los minutos contados que pasé en el cementerio me inspiraron una emoción y una paz tan grandes que mientras miraba las interminables lápidas me llegué a decir «¡ya hasra!, ojalá pudiera volver el tiempo hacia atrás para tener la oportunidad de conocer a tantos ilustres judíos tangerinos». Pero me consolaba diciéndome que por lo menos queda algo del antiguo, fascinante y mítico Tánger pero ¿qué queda de aquel añorado Tánger?
Quedan los cementerios, en cuyas lápidas se hallan grabados para siempre los nombres de los que un día formaron parte de la comunidad judía. Quedan las sinagogas, que aunque sean pocas, mantienen viva esa religión que presenta el único punto distintivo del resto de la población. Quedan residuos de ese idioma que llegó a ser medio de comunicación de «los nuestros». Quedan los testimonios de las personas que convivieron, y siguen conviviendo, con la comunidad marroquí. Quedan las varias instituciones creadas como el asilo y hospital Benchimol, la sede de la comunidad y el casino que cada tarde reúne, con gran orgullo, a los «suyos» y se convierte en el único testigo que presencia los restos de la hakitía. Quedan las personas que mantienen viva a la comunidad judía de Tánger. Quedan aquellos que no cambiarán -por nada en el mundo- su ciudad porque «en Tánger te hablan las calles, te hablan las piedras, todo te habla» (10). Quedan miembros de familias de mucho prestigio como Azancot, Bengio y Assayag. Quedan finalmente los recuerdos que permanecen vivos en la mente de cada judío tangerino, recuerdos que sólo la muerte es capaz de borrar, recuerdos que se nutren cada día con una referencia, por muy infame que sea, al pasado porque como dice Milán Kundera: «La lucha del ser en la vida es la lucha del recuerdo contra el olvido».
Tánger seguirá siendo ese «paraíso perdido» que siempre está dispuesto a acoger a «los suyos», a esos «hijos adoptivos» que un día abandonaron su Tánger de cuerpo pero no de alma, esos hijos que siempre vuelven iniciando el flash back con un ¡ya hasra!, esos hijos que han sido, son y serán fieles a la ciudad que un día vio nacer y crecer a un antepasado.
Y ahora con la sinagoga de Nahón, que se está convirtiendo en museo en memoria de todos los judíos de Tánger, la ciudad aguarda, con gran orgullo e inmensa impaciencia, ese día que le brindará —una vez más- la oportunidad de abrazar a todos sus seres queridos.
No quisiera terminar con un ¡ya hasra! porque mientras siga viva una minoría judía en Tánger, se podrá recoger ese eco que recobra fuerza y resonancia, resonancia y vida.
Rajae Boumediane el Metni
*****
NOTAS DEL TEXTO:
1 – Expresión árabe que significa: ¡qué pena!
2 – Estadística facilitada por Luis Tangir, secretario de la Comunidad de Tánger. Hay 12 personas entre 2 y 15 años, 12 entre 15 y 25, 6 entre 25 y 50, 12 entre 90 y 100 y los demás tienen más de 60 años. Es de señalar que la mayoría de los jóvenes estudian fuera de Tánger.
3 – En 1960, la comunidad judía contaba con 6.300 judíos.
4 – Así llamaban los judíos del Norte de Marruecos a los del interior.
5 – J. Benoliel, Dialecto judeo-hispano-marroquí o hakitía, Madrid, 1977, p. 27.
6 – La primera escuela de la Alianza Israelita Universal se abrió en Tetuán en 1862.
7 – Este informante reconoció la existencia de otro tipo de hakitía formada principalmente de palabras del dialecto marroquí. La traducción respectiva de los dos ejemplos es: «basta ya de bromas, termina de una vez», «se fue a fulano a Italia y le echo mucho de menos. Wahchiado es echar de menos.»
8 – Esta es la traducción que me dio el mismo informante: «Alhotar» (ahorrar- guardar), «se arsó el mazzal» (tuvo mucha suerte), «me vaya kapara por tí» (lo doy todo por ti)
9 – Antes llegaron a coexistir 17 sinagogas en una misma calle denominada por eso «calle de las sinagogas». Hasta hoy día, y aunque la calle tiene otro nombre, sigue el letrero con el mismo nombre escrito en árabe, en español y en francés. Actualmente en esa misma calle quedan sólo dos sinagogas: la de Nahón y la de Suiri.
10 – Son palabras de un judío tangerino que me causaron una gran emoción.
Membranzas (Memorias) de mi mancebes (juventud) en Larache Ma’ase de los churros. Solía pasar largas temporadas en Larache en cazza de mis tías. Me gustaba ir a mercar churros para el ftor (desayuno). Primero entraba a la papelería Damián a mercar unos cromos para mi y una novela de Corin Tellado pa mi prima; mamá las llamaba-: “histoires a l’eau de rose” (cuentos con agua de rosa), de lo que suspiraba mi prima; discués me iba a una churrería que estaba detrás del bar Matías de la caleja Chinguiti, ueno no era ninguna baqqala (tienda) máz bien una churrería ambulante en un rincón de una caleja, al final de esa caleja estaban los almacenes Martinez; ahí laboraba un primo enmuestro.
La señora churrera era una mujer gorda con unas tetas cade que, y eran para mi como un techo, yo era un tapito de cortita y no cudía ver su cara. Ella siempre vestía de preto (negro) con un delantal grande marrón. Cuando me veía se areía y me llamaba -petite brebis frisée- obejita rizada, por la cantidad de bucles que tenía. Me contó que vivió unos años en Marsella durante la guerra civil; su marido estuvo en el frente popular y mandó a la mujer y a los hijos a salvo en Francia, saha (pero) los mal.logrados (canallas) de los franquistas le fusilaron.
A mi me gustaba ver todo el proceso del hazer los churros. En frente de ella había una hoguera con una sartén redonda bien grande llena de azzeite cayente. Me quedaba wuakfeada (de pie) cabe el carrito, ‘ajbeada (sorprendida) de ver como manejaba la churrera dándole ueltas como un tornillo, y salía la masa luwándose (retorciéndose) como si fuera un guzzano, directamente en la sartén. Había que gablearlo (vigilarlo) para que la braza no sea muy cayente y quemé el azzeite. Cuando la masa estaba bien jamreada (dorada) sacaba ese churro el “redondel” como lo llamaban, de la sartén y le ponía sobre papel para empapar l’azzeite; lo cortaba en cashitos (pedazos) como unos 10cm o máz los empolvaba con azucuar. Me los ponía en papel absorbente y volvía a cazza. El golor (olor) era tan endiamantado (bueno) que no cudía resistir la tentación de gostar uno y otro en el camino; cuando llegaba a cazza, mi tía me miraba de reojo con una sonrizita.
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| LARACHE |
Todos estaban sentados en la mezza asperando el ftor (desayuno), el tipad (tetera) de té verde con hierbawuena estaba aprontado (preparado) sobre la mezza con los bazzitos dorados de vidrio, ponía los churros en un plato grande y tamién (también) biscochitos.
A mi me gustaba de vez en cuando chocolate espeso, lo hazzia con kashitos (pedazos) de chocolate que ponía a derretir y un poco de leche.
El día que venian convidados (invitados), tita los serbía en la sala; la sala era muy bonita; tenía cuertas de vidrio caladas, en las paredes colgaban gobelinos auténticos, en los rincones habían jarrones grandes de porcelana china y contra una pared había un bufete de madera muy fina con cuertas de cristal de colores, una maravilla; le tenia repleto de cristalería y más hajitas (cositas) endiamantadas, la mezza grande era tamién de madera muy fina. En esos tiempos de yahasra mi tio tenia muchos chavos (dinero).
Tita traía la senilla (bandeja) redonda de plata que la mercó su marido en un viaje de negocios a Fez; ahí ponia el tipad de plata y los basitos de té del bufet. Tamién traía dulces de muchas clases y letuario las pascuas (menos el pesaj) ponia fijuelas, maronchinos, mazapanes, cabahzales. Se pasaban la tarde hadreando (hablando), melgheándose (bromeando) y arriéndose y ¡a immá! qadeso makleaban (comían) esas mujeres, parecía que tenían flaqueza (hambre). Yo no entraba ahi, nada más saludaba, me daban bezzos como ventozzas, siempre me limpiaba la cara.
La sala era para comer el Sabad, pascuas y bizita, las cuertas quedaban aferrojadas (cerradas) los otros días de la semana.
Al medio día, en la semana me mandaba al bakalito del Susi Brahim que hazía esquina con la caleja Daisuri, a mercar lo menester para los bocadillos; cuando él me ve veía entrar dizía: halaquila la francezita.
-¿Que se le sirve hoy guapa?
-Una peseta de azzeitunas y otra de atún –contestaba.
De allí pasaba a la panadería Alarios que estaba justo al cruzar a mercar panecitos.
Discués de uen ttiempo m’ acostumbri a mercar por peceta todo; mozotros en Soko l’arba mercabamos por kilo, por litro, por cashas (cajas).

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| Don Aurelio Gómez Paños |
Tia Clara vivía en las cazzas de Mose Assayag; en esas cazzas moraban unas cuantas famias judias como los de Oziel, que stan awera en Andorra, Señora Preciada y famias españolas como los Montecatines que tenían una pastelería frente al Cine Ideal. Había un ambiente de hermandad. Al fondo de esa caleja staba el molina de harina.
En frente de las cazzas había un terreno vazío, todo arena, mozotros los niños juwuabamos en el. El verano se ponía ahí el circo español. ¡Como moz farjeabamos (alegrabamos)! con payasos, los trapecistas se colgaban al aire, que spanto. Un tio que tenia un cine, mos traia entradas debalde.
Un verano cuando avoltí a Larache encontrí que habían fraguado un comedor para lo pobres, en el mizmo luwar donde ponían la carpa del circo. Señora Strella Amselem una gran mizbotera (benevolente) era la que bushco los chabos, preparo todo, jatta se ponía delantal y mekneaba (servía) la comida. Recibían acuda (ayuda) financiera y productos alimentarios del Joint Americano, una organizacion judía de benevolencia.
Señora Strella quería mucho a bapá (papá) que era muy amigo de sus hijos Abraham el farmacéutico y Amran el dutor; ella es la que empusho a auelito a mandar a bapá a estudiar a Madrid; bapá y Abraham ambezzaros (estudiaron) juntos en la universidad en Madrid.
Ua esto voz contaré.
Mercedes Dembo Barcesat
En 1977 se reeditó el libro Dialecto judeo-hispano-marroquí o Hakitía, de José Benoliel, patrocinada por Rafael Benazeraf. José Benoliel nació en Tánger en 1888. Tras estar unos años en España, regresó a Tánger, donde estudia antes de continuar en la Alliance Israelite Universelle de París. Fue profesor de esta institución en la capital francesa, en Tánger y en Mogador. Falleció en 1937.

Libro curioso, con un amplio glosario, y en el que encontramos el origen y significado de muchas de las expresiones que se utilizaban en Larache y Tánger por los que dominaban el hakitía o jaquetía.
El capítulo VIII está dedicado a las baldiciones (maldiciones). Y dice Benoliel: “Lasbaldiciones (maldiciones) son el arma de quien no tiene ni puede llevar otra. (…) Se baldonó por venganza y desagravio, se baldonó por gracia y recreo, se baldonó a desafío, se baldonó por baldonar, o por no saber hablar sin salpimentar cada frase de baldiciones apropiadas…”
Algunas de las que recoge son (me fascinan las palabras adaptadas al jaquetía, su gracia, su musicalidad):
No te quede amo ni dueño! (Esta es realmente una bendición en tono de maldición) Venga una estruisión que lo estruya todo!
Se vaya y no volva!
Le entre un Huerco en las tripas!
Le entre una puliyya (polilla) que le apoliyye.
Le coma el león discués (después) de harto!
Se le caiga el mazzal (la suerte)
Le morda un alacrán
Le griten al oído y no lo oya!
El capítulo X, por su parte, está dedicado a los juramentos.
Entre los juramentos, recoge Benoliel, entre otros, los siguientes referidos a los juramentos hechos con el fin de vencer la resistencia ajena y de obtener lo que se desea, por ejemplo, lo que le dirá una madre a su hijo para convencerlo de algo:
Así me eches en el foyo
Así me llores
Y entre los refranes, esta curiosidad:
¿Quién alaba a la novia mocozza? Su madre la tiñozza.
También se dice: ¿Quién alaba a la novia coxa? Su madre la tullida (pr. tuyida); o¿Quién alaba a la novia tuerta? Su madre la cegata, o la maboxa, etc… Hay aún otras variantes sobre este mismo tema, cuyo significado es que para alabar un defecto o vicio es preciso tener otro igual o mayor. (…) También se emplea para denotar que, por mala que sea, una mercancía es siempre alabada por quien de ella se quiere deshacer, vendiéndola por buen precio.
En fin, unas notas sobre la hakitía o la jaquetía, otra herencia de la convivencia de las tres culturas en Larache, Tánger, Tetuán… Una hermosa herencia que se desvanece en el tiempo.
Sergio Barce, mayo 2015


Se recoge lo que se siembra
SE RECOGE LO QUE SE SIEMBRA
Sabiendo que Al Mamun solía pasear con su caballo por un determinado camino, Omah se tendió junto a dicho camino disfrazado de mendigo y simulando estar muy enfermo. Y como al Mamun era un hombre de buenos sentimientos, al ver al mendigo sintió lastima de él, desmontó y se ofreció a llevarlo a un hospital.-Por desgracia -se lamentó el mendigo- llevo días sin comer y no tengo fuerzas para levantarme.- Entonces, Al Mamun lo alzó del suelo con mucho cuidado y lo montó en su caballo, con la idea de montar él a continuación. Pero, en cuanto el falso mendigo se vio sobre la silla, salió huyendo al galope, con Al Mamun corriendo detrás de él para alcanzarlo y gritándole que se detuviera. Una vez que Omah se distanció lo suficiente de su perseguidor, se detuvo y comenzó a hacer caracolear al caballo.
-!Está bien, me has engañado y me has robado el caballo¡ -gritó Al Mamun.- !Ahora sólo tengo una cosa que pedirte!- dijo.
-¿De qué se trata?- preguntó Omah también a gritos.-!Que no cuentes a nadie como te hiciste con el caballo!
-¿Y por qué no he de hacerlo?
-!Porque quizás un día puede haber un hombre realmente enfermo tendido junto al camino y, si la gente se ha enterado de tu engaño, tal vez pase de largo y no le preste ayuda!
Si cada día vamos sembrando mentiras, corrupción, maldad sólo se recogerá en los caminos de la vida odio, maldad, desconfianza…
Schlieman
EL CUENTO DEL PEQUEÑO MENDIGO QUE HALLÓ UN TESORO
Ahora, un cuento. El del niño mendigo que a los siete años de edad soñó hallar
una ciudad y treinta y nueve años después se marchó, muy lejos, buscando y
buscando, y no sólo encontró la ciudad sino también un tesoro, un tesoro tan
maravilloso como el mundo entero. No se había visto nada igual desde los
hallazgos de los conquistadores del Nuevo Continente. El cuento es la vida de
Heinrich Schliemann, una de las figuras más asombrosas no sólo entre los arqueólogos,
sino entre los hombres. La historia comenzó así. Érase un niño pequeño que se
hallaba ante una sepultura del cementerio de su pueblo natal, al norte de
Alemania, en Mecklemburgo. Allí yacía, enterrado, el malvado Hennig, llamado
Bradenkierl, del que se contaba que había asado vivo a un pastor, y además,
cuando ya estaba asado, todavía le había dado una patada. Y para purgar tal
delito decíase que, todos los años, el pie izquierdo de Bradenkierl, calzado
con fina media de seda, aparecía fuera de la tumba. El niño esperaba ver tal
prodigio, pero allí no sucedía nada. Entonces rogó a su padre que cavase, que
buscase dónde se quedaba aquel año el famoso pie. No muy lejos de allí había
una colina de la cual se decía, también, que tenía enterrada una cuna dorada.
El sacristán y su madrina se lo habían dicho. Y el niño preguntó al padre, un
pastor pobre y mal vestido: «Ya que no tienes dinero, ¿por qué no desenterramos
la cuna?» El padre explicaba al niño muchos cuentos y leyendas. Le contaba
también, cual viejo humanista, la lucha de los héroes de Homero, de Paris y
Helena, de Aquiles y de Héctor, de la fuerte Troya, incendiada y destruida. En
la Navidad del año 1829, le regaló la «Historia universal ilustrada», de
Jerrers, donde había una lámina en la que se veía a Eneas llevando a su hijo de
la mano y a su anciano padre en su espalda, mientras huía del castillo
ardiendo. El niño contemplaba aquella lámina, y observaba los recios muros y la
gigantesca puerta Escea. —¿Así era Troya? El padre asentía con la cabeza. —¿Y
todo esto se ha destruido, destruido completamente? ¿Y nadie sabe dónde estaba
emplazada? — Cierto —contestaba el padre. — No lo creo —comentaba el niño
Heinrich Schliemann—. ¡Cuando sea mayor, yo hallaré Troya, y encontraré el
tesoro del rey! Y el padre se reía. Esto no es ningún cuento, ni siquiera es
una biografía sentimentalmente novelada, como suelen fabricarse cuando los
hombres llegan a ser famosos. Lo que Schliemann se proponía hacer a los siete
años se convirtió en realidad. Todavía a los sesenta y uno de edad, cuando ya
era un excavador mundialmente famoso, pensaba si no tendría que examinar la
tumba del malvado Hennig, una vez que por azar volvió a su pueblo nativo. Y en
el prólogo de su libro sobre Ítaca escribía: «En el año 1832, a los diez años,
regalé a mi padre, con motivo de la Navidad, una composición sobre los
acontecimientos principales de la guerra de Troya y las aventuras de Ulises y
Agamenón, sin sospechar aún que treinta y seis años después ofrecería al
público todo un tratado sobre el mismo tema, después de haber tenido la dicha
de ver con mis propios ojos el teatro de aquella famosa guerra y la patria de
los héroes cuyo nombre inmortalizó Homero.» «Las primeras impresiones que
recibe un niño le quedan grabadas para toda la vida.» 24 C.W.Ceram Dioses,
Tumbas y Sabios Pero ésta se encargó de alejar de su ánimo estas impresiones
suscitadas con relatos de hazañas clásicas. A los catorce años de edad terminó
su instrucción escolar y entró de aprendiz en una tienda de ultramarinos de la
pequeña ciudad de Fürstenberg. Durante cinco años y medio vendió arenques,
aguardiente, leche y sal al por menor, molía patatas para la destilación y
fregaba el suelo de la tienda. Y así, desde las cinco de la mañana hasta las
once de la noche, todos los días. Olvidó cuanto había aprendido y lo que su
padre le había contado. Pero un día entró en la tienda un molinero borracho
que, acercándose al mostrador, se puso a recitar enfáticamente un remedo de
epopeya. Schliemann le escuchaba embobado. No entendía una palabra, pero cuando
se enteró de que aquello eran nada menos que versos de Homero, de la Ilíada,
recurrió a sus ahorros y dio al borracho una copa de aguardiente por cada
«recital». Entonces comenzó para él una vida aventurera. En 1841 marchó a Hamburgo
y allí embarcó como grumete en un navío que zarpaba rumbo a Venezuela. Tras un
viaje de quince días, se desencadenó una terrible tempestad y, ante la isla de
Texel, el barco naufragó, y nuestro hombre, completamente extenuado, dio con
sus huesos en un hospital. Por recomendación de un amigo de su familia,
consiguió un puesto de escribiente en Ámsterdam. Y aunque no había logrado
recorrer vastas regiones geográficas logró, sin embargo, la conquista de
amplios terrenos del espíritu. En una pobre y fría buhardilla empezó a estudiar
idiomas modernos. Siguiendo un método completamente desacostumbrado, ideado por
él mismo, en un año aprendió el inglés y el francés. «Aquellos pesados y
extremados estudios fortalecieron mi memoria de tal modo, que en un año me pareció
luego muy fácil el estudio del holandés, el español, el italiano y el
portugués, y no necesitaba ocuparme más de seis semanas con cada uno de estos
idiomas para hablarlos y escribirlos con soltura.» Ascendió fácilmente en su
empleo y entonces le encargaron de la correspondencia y la teneduría de libros;
la empresa donde trabajaba tenía relaciones comerciales con Rusia, por lo cual,
en 1844, a los veintidós años, empezó a aprender también el ruso. Nadie, en
Ámsterdam, hablaba entonces aquel idioma tan difícil, y lo único que pudo
hallar para tal estudio fue una vieja gramática, un diccionario y una mala
traducción del «Telémaco». Así empezaba sus estudios. Hablaba tan alto y
declamaba con voz tan tenante su «Telémaco» ruso que se había aprendido de memoria,
lanzándoselo a las desnudas paredes de su habitación, que los demás inquilinos
se quejaron y tuvo que cambiar de casa por dos veces. Por último, se le ocurrió
pensar que un «oyente», al menos, le sentaría bien, y por cuatro francos a la
semana requirió los servicios de un pobre judío cuya misión consistía en
sentarse en una silla y escucharle el «Telémaco» en ruso, aunque de todo ello
no entendiera una palabra. Por último, al cabo de seis semanas de inauditos
esfuerzos, Schliemann se hacía entender bastante bien por los mercaderes rusos
que acudían a la subasta de índigo en Ámsterdam. El mismo éxito que en los
estudios, tenía en sus negocios. Desde luego, tuvo suerte; pero preciso es
confesar que era de los pocos que saben aprovechar la ocasión que la fortuna
nos brinda a todos alguna vez en la vida. Aquel hijo de un pastor, luego
aprendiz de tendero, náufrago y escribiente, pero ya joven políglota con ocho
idiomas, se convirtió pronto en un comerciante, primero, y luego, en rápido
ascenso, en un hombre de porvenir que iba derecho por el camino de la fortuna y
de la fama. En 1846, a los veinticuatro años, marchó como agente de su empresa
a San Petersburgo, y un año después fundaba una casa por su cuenta. Todo esto
no se hacía sin trabajo ni tiempo. Por esto, nuestro buen Schliemann se
lamenta: «Hasta el año 1854 no me fue posible dedicarme al estudio del sueco y
el polaco.» Realizó más viajes. En 1850 estaba en América del Norte, y cuando
California se unió 25 C.W.Ceram Dioses, Tumbas y Sabios a los Estados Unidos
adquirió la nacionalidad norteamericana. La pasión por el oro, que se había
apoderado de él como de tantos otros, hizo que fundara un banco para el
comercio aurífero. Pero entonces ya era un gran señor a quien recibía el
presidente de los Estados Unidos. «A las siete —nos cuenta— fui a ver al
presidente de los Estados Unidos y le dije que el deseo de visitar este país
magnífico y de conocer a sus grandes dirigentes me había animado a hacer el
viaje desde Rusia; por eso consideraba mi primer y más alto deber saludarle. Me
recibió muy cordialmente, me presentó a su esposa, a su hijo y a su padre, y se
entretuvo hora y media charlando conmigo.» Pero poco después sufrió unas
fiebres, y, además, su peligrosa clientela le angustió, y regresó a San Petersburgo.
Ya hemos dicho que anduvo buscando oro por estos años, como Ludwig cuenta en la
biografía de nuestro hombre. Pero de las cartas que escribió en aquella época,
de sus mismos autógrafos, se desprende que siempre, y en todas partes, seguía
acariciando el sueño de su juventud de ver algún día los lejanos parajes de las
hazañas homéricas y dedicarse a su exploración. Esta pasión llegó a cohibirle
de tal modo, que sentía una vergüenza extraña; él, que probablemente era el
mayor genio políglota en su época, sentía siempre miedo de acercarse a la
lengua griega, por temor a perderse en su encanto y abandonar sus negocios
antes de haber logrado la base indispensable para un trabajo científico libre.
Y así, lo iba dilatando. Por fin, en 1856 comenzó el estudio del griego
moderno, que logró dominar en seis semanas. Y en otros tres meses, vencía las
dificultades del hexámetro homérico. Pero, ¡con qué ímpetu lo hizo! —Estoy
estudiando a Platón tan a fondo —decía—, que si el filósofo griego pudiese
recibir una carta mía dentro de seis semanas sin duda me entendería. Por dos
veces, en los años que siguieron, estuvo a punto de pisar el suelo de los
héroes homéricos. En un viaje que hizo hasta la segunda catarata del Nilo, a
través de Palestina, Siria y Grecia, una repentina enfermedad le impidió
visitar también la isla de Ítaca. Digamos de paso que, como cosa
complementaria, en este viaje aprendió también el latín y el árabe. Su diario
sólo pueden leerlo los grandes políglotas, pues escribía siempre en el idioma
del país donde se hallaba. En 1864, a punto de visitar la llanura troyana, se
decidió a emprender un viaje alrededor del mundo, que realizó en dos años, y
cuyo fruto fue su primer libro, escrito en francés. Entonces era un hombre
libre. En aquel hijo de un pastor del Mecklemburgo se había desarrollado el
extraordinario sentido comercial de un self made man (hombre hecho a sí mismo),
del tipo de los «pioneros» americanos. En una carta hablaba de «su corazón
duro», cuando en 1853 obtenía grandes beneficios comerciales de la guerra de
Crimea y de la guerra civil americana, y lo mismo un año después con la
importación de té. Siempre le acompañó la diosa Fortuna. Durante la guerra de
Crimea, y mientras hacía apresuradamente dos transbordos de cargamento en
Memel, en los tinglados de dicho puerto declaróse un incendio y toda la
mercancía depositada quedó destruida. Únicamente se salvó la de Heinrich
Schliemann, que por falta de espacio había sido almacenada aparte en un
cobertizo de madera. Entonces pudo escribir, con una modestia de expresión que
revelaba mucho orgullo: «El cielo había bendecido de modo milagroso mis
empresas comerciales, de modo que a finales del año 1863 poseía una fortuna que
ni mi ambición más exagerada hubiera podido soñar.» Luego, tras estas líneas,
viene un párrafo que por su naturalidad nos parece increíble, consecuencia
completamente inverosímil, pues obedecía a una lógica que solamente Heinrich
Schliemann comprendía. «Por lo tanto —decía sencillamente—, me retiré del
comercio para dedicarme únicamente a los estudios que más me ilusionaban.» En
1868 se trasladó a Ítaca, por el Peloponeso y por la Tróade. En 31 de diciembre
del mismo año está fechado el prólogo de su libro «Ítaca», cuyo subtítulo reza:
«Investigaciones arqueológicas de Heinrich Schliemann.» 26 C.W.Ceram Dioses,
Tumbas y Sabios Se conserva una fotografía suya, hecha durante su estancia en
San Petersburgo. En ella se ve a un señor vestido con un pesado abrigo de
pieles. Al dorso lleva la jactanciosa dedicatoria con que se la mandó a la
mujer de un guardabosques que había conocido de niño: «Fotografía de Henry
Schliemann, antes aprendiz del señor Hückstaedt, en Fürstenberg, y hoy
comerciante de primera categoría en San Petersburgo, ciudadano honorario ruso,
juez en los tribunales comerciales de San Petersburgo y director del Banco
Imperial del Estado de San Petersburgo». ¿No parece un cuento el que un hombre
que tiene en su mano los mayores triunfos comerciales abandone sus negocios
para emprender el camino soñado en su juventud? ¿Que un hombre —y con ello
llegamos al nuevo episodio de aquella gran vida— se atreva, con el único bagaje
de su Homero, a desafiar al mundo científico que no creía en Homero y, haciendo
caso omiso de las plumas de los más famosos filólogos, prefiera aclarar con la
piqueta lo que cientos de libros aparecidos hasta entonces habían enmarañado?
Homero, en efecto, era considerado en los días de Schliemann como el simple
cantor de un mundo antiquísimo desaparecido, pero se dudaba de su existencia y
de cuanto relataba, y a los sabios de la época no les cabía en la cabeza el
concepto que se ha expresado más tarde cuando audazmente se le ha llamado «el
primer corresponsal de guerra». El valor histórico de su relato de la lucha en
torno al castillo de Príamo se consideraba igual al de las antiguas gestas e
incluso se creía perteneciente al mundo tenebroso de la mitología. ¿No empieza
diciendo la Ilíada que «Apolo, que da en el blanco desde lejos», envía una
enfermedad mortal a las filas de los aqueos? ¿Es que Zeus mismo no interviene
en la lucha, así como Hera, «la de los brazos de lirio»? ¿Acaso los dioses no
se convierten en personas y son vulnerables como éstas, e incluso la diosa
Afrodita sufre una herida de lanza? Mitología o leyenda, desde luego, llena del
destello divino de uno de los más grandes poetas; pero poesía y leyenda,
fantasía, nada más. Sigamos aún. La Grecia de la Ilíada tuvo que haber sido un
país de gran cultura. Pero en la época en que los griegos entran a la luz de
nuestra Historia se nos presentan como un pueblo insignificante que no se
distingue ni por el esplendor de sus palacios, ni por el poderío de los reyes,
ni por las flotas compuestas por millares de naves. Todo ello contribuía, pues,
a afirmar la creencia en una inspiración fantástica del hombre Homero, al
imaginar una época de elevada civilización a la que habría seguido otra de
descenso a la barbarie, y de ésta se hubiera remontado de nuevo a la cima de la
cultura clásica que conocemos. Mas por lógicas y bien fundamentadas que
estuvieran tales ideas, ellas no le hicieron desistir de su fe en el mundo
homérico. Para él, cuanto leía en su Homero era pura realidad; lo mismo a los
cuarenta y seis años de edad que cuando era un niño y soñaba ante la ingenua
reproducción del Eneas fugitivo. Al leer en la descripción del escudo gorgónico
de Agamenón que la correa del escudo tenía el aspecto de una serpiente de tres
cabezas, y al saber cómo eran los carros de combate, las armas y demás
utensilios que allí se describían con todos sus detalles, para él no cabía la
menor duda de que tenía ante sí la descripción de una auténtica realidad de la
historia griega. Todos aquellos héroes, Aquiles y Patroclo, Héctor y Eneas, sus
hazañas, sus amistades, su odio y su amor, ¿podían ser solamente invenciones?
Creía en la existencia real de todo aquello y su creencia comprendía toda la
antigüedad helénica y los grandes historiadores Heródoto y Tucídides, que
siempre habían opinado que la guerra de Troya había sido un acontecimiento
histórico, y a todos cuantos habían participado en ella los consideraba como
personalidades históricas. Provisto de este convencimiento el ya millonario
Heinrich Schliemann, a los cuarenta y seis años, no se trasladó a la Grecia
Moderna, sino que fue directamente al reino de los aqueos. Recordemos la
anécdota de que para afirmarle en su fe y para evitar su entusiasmo, en su
primer encuentro con un herrador de Ítaca, éste le presentó a su mujer, que se
llamaba Penélope, y a sus dos hijos, Ulises y Telémaco. Parece inverosímil,
pero aquello sucedió así: En la plaza del pueblo estaba sentado, 27 C.W.Ceram
Dioses, Tumbas y Sabios una noche, aquel extranjero rico y extraño que leía a
los descendientes de los que habían muerto hacía tres mil años el canto XXIII
de la Odisea. Vencióle la emoción y lloró; y con él lloraron los presentes,
hombres y mujeres. A pesar de todo, es asombroso lo que entonces sucedió. Pues
¿en qué otros casos de la Historia el simple entusiasmo ha conducido al éxito?
El azar, que a la larga solamente sonríe al que más vale, no es aplicable aquí.
Pues Schliemann, en el estricto sentido de la arqueología como ciencia, no era
un experto, es decir, un hombre de grandes conocimientos, al menos en los
primeros años de su labor investigadora. Y, sin embargo, la suerte le favoreció
como a ningún otro. La mayoría de los sabios contemporáneos designaban como
presunto lugar donde se había levantado Troya, en caso de que hubiera realmente
existido, al pequeño pueblo de Bunarbashi, que solamente se distinguía, incluso
hoy día, por tener en cada una de sus casas hasta doce nidos de cigüeña. Pero
también había dos fuentes que impulsaban a los audaces arqueólogos a creer en
la posibilidad de que allí hubiera existido realmente Troya. «Allí brotan dos
fuente rumorosas de las que nacen dos riachuelos afluentes del turbulento
Escamandro. La una mana siempre agua caliente, como el humo del fuego ardiente;
la otra está siempre fría como el granizo, incluso en verano, y en invierno
arrastra trozos de hielo.» Datos que nos dejó escritos Homero en el canto XXII
de la Ilíada, versos 147 a 152. Schliemann contrató un guía por cuarenta y
cinco piastras, montó en un rocín sin riendas ni silla y echó el primer vistazo
al país de sus juveniles ensueños. «Confieso que me costó trabajo dominar mi
emoción cuando vi ante mi la inmensa llanura de Troya, cuyo aspecto ya había
soñado en mi primera infancia.» Pero esta primera ojeada le decía, sin embargo,
que aquél no podía ser el lugar de la antigua Troya, alejado como estaba, a
tres horas de la costa, mientras que los héroes de Homero eran capaces de
correr a diario varias veces de sus barcos al castillo. Y en aquella colina,
¿podía haber estado el castillo de Príamo con sus sesenta y dos estancias, sus
ciclópeas murallas y el camino por donde el famoso caballo de madera del astuto
Ulises había sido llevado a la ciudad? Schliemann estudió el emplazamiento de
las fuentes y movió la cabeza. En un espacio de quinientos metros no contó dos
como decía Homero, sino treinta y cuatro. Y su guía pretendía aún que había
contado mal, ya que eran cuarenta, por lo cual aquel lugar era denominado «Kirk
Gios», es decir, «los cuarenta ojos». ¿Acaso Homero no había hablado de una
fuente caliente y otra fría? Schliemann, que interpretaba a su Homero
literalmente, sacaba el termómetro del bolsillo, lo hundía en cada una de las
treinta y cuatro fuentes y en todas hallaba la misma temperatura de diecisiete
grados y medio. Vislumbraba aún más. Abría la Ilíada y leía los versos donde se
narra la lucha terrible de Aquiles contra Héctor; cómo Héctor huía del
«corredor audaz» y cómo daba la vuelta a la fortaleza de Príamo, por tres
veces, mientras los dioses le contemplaban. Schliemann recorrió el camino
descrito y halló una pendiente tan empinada que se vio obligado a trepar por
ella andando a gatas. Esto le confirmaba en su convicción de que Homero, cuya
descripción del país le parecía una auténtica topografía militar, nunca pudiera
haber pensado en hacer trepar a sus héroes por tres veces cuesta arriba y,
además, «corriendo». Y con el reloj en una mano y el libro de Homero en la
otra, andaba y desandaba el camino entre la colina donde suponía haberse
hallado Troya y los montículos de la costa, junto a los cuales se decía que se
habían guarecido los barcos aqueos. Recordó el primer día de combate de la lucha
troyana, tal como lo describen los cantos segundo al séptimo de la Ilíada, y
observó que si Troya hubiera estado situada en Bunarbashi, los aqueos, en nueve
horas de combate, habrían recorrido ochenta y cuatro kilómetros. 28 C.W.Ceram
Dioses, Tumbas y Sabios La completa justificación de sus dudas sobre la tesis
de que allí hubiera estado Troya la halló en la carencia de toda huella de
ruinas, incluso de esos trozos de cerámica por cuya frecuencia alguien ha
manifestado: «De los hallazgos de tumbas hechos por los arqueólogos parece a
primera vista deducirse que los pueblos antiguos sólo se preocupaban de la
producción de vasos, y poco antes de su decadencia se dedicaban a romperlos
todos, convirtiendo las más hermosas piezas en una especie de rompecabezas.»
«Micenas y Tirinto —escribía Schliemann en 1868— han sido destruidas hace 2.335
años, y a pesar de ello las ruinas que se han encontrado son de tal índole que
seguramente aún durarán unos 10.000 años.» Troya fue destruida 722 años antes.
No es posible que murallas ciclópeas desaparezcan sin dejar huellas, y, a pesar
de todo, allí no existía el menor resto de muralla. Allí sí; pero no en otro
lugar, y estos buscados restos se presentaron a la vista del explorador entre
las ruinas de Nueva Ilion, pueblo ahora llamado Hissarlik, que significa
palacio, situado a dos horas y media de camino al norte de Bunarbashi, y sólo a
una hora de distancia de la costa. Por dos veces, Schliemann se quedó admirando
la cima de aquella colina que presentaba el aspecto de una meseta cuadrangular
y llana, de 233 metros de lado. Entonces sí quedó convencido de haber hallado
Troya. Fue reuniendo pruebas. Y descubrió que no era sólo él quien tenía tal
convicción, aunque la compartían muy pocos. Por ejemplo, uno de ellos era Frank
Calven, vicecónsul americano, inglés de nacimiento, dueño de una parte de la
colina de Hissarlik, donde poseía una villa, y había realizado algunas
excavaciones que le habían llevado a la misma teoría de Schliemann, pero sin
llegar a otras consecuencias. Otros eran también el investigador escocés C.
MacLaren y el alemán Eckenbrecher, cuyas voces nadie escuchaba. Pero, ¿dónde
hemos dejado las famosas fuentes de Homero, argumento principal de la teoría de
Bunarbashi? Schliemann tuvo un instante de vacilación al ver que allí sucedía
lo contrario que en Bunarbashi, pues en este nuevo lugar no encontró fuente
alguna, mientras que allí había hallado treinta y cuatro. Recurrió a la
observación de Calvert: con el transcurso del tiempo, en suelo volcánico suelen
desaparecer las fuentes de agua caliente y otras veces aparecen de nuevo. Otra
observación secundaria eliminó entonces las dudas que hasta aquel momento los
sabios habían considerado tan importantes. Y, además, lo que allí le había
servido de argumento negativo, aquí le servía de prueba. La lucha de
persecución entre Héctor y Aquiles ya no tenía nada de inverosímil, pues en
este lugar se extendían suavemente las pendientes de la colina. Aquí habrían
tenido que recorrer quince kilómetros para dar tres veces la vuelta a la
ciudad, y esto, por su propia experiencia, ya no le parecía demasiado para un
guerrero animado por el ardor de un combate encarnizado. Otra vez la opinión de
los antiguos fue para él más valiosa que la ciencia del día. Heródoto había
dicho que Jerjes se había presentado en Nueva Ilion, había inspeccionado los
restos de la «Pérgamo de Priamo» y había sacrificado mil terneros a la Minerva
ilíaca. Según Jenofonte, el caudillo militar de Lacedemonia, Míndaro, hizo lo
mismo. Así como, según Arriano, Alejandro Magno, no satisfecho con los
sacrificios, tomó también armas de Troya y se las hizo llevar por su guardia
personal al combate como mágico símbolo de fortuna. Y César mismo, ¿no se
preocupó por Ilium Novum, en parte porque admiraba a Alejandro, y en parte
también porque se creía descendiente de los troyanos? ¿Es posible que todos
ellos hubieran perseguido solamente un sueño, o falsas noticias de su época?
Pero al final de este capítulo, en el que Schliemann iba acumulando las
pruebas, dejó aparte toda erudición, contempló maravillado el paisaje y
escribió tal como había exclamado sin duda de niño: «...así, puedo añadir que
apenas pisa uno la llanura de Troya, queda asombrado al punto por la vista de
la hermosa colina de Hissarlik, que por su naturaleza estaría predestinada a
sostener una gran ciudad con su ciudadela. En efecto, esta posición, hallándose
fortificada, dominaría toda la llanura de Troya y en todo el paisaje no hay un
solo 29 C.W.Ceram Dioses, Tumbas y Sabios punto que se pueda comparar con éste.
»Desde Hissarlik se ve también el monte Ida, desde cuya cima Júpiter dominaba
la ciudad de Troya». Así, pues, emprendió su trabajo con el empeño de quien
está absorto en su tarea. Toda la energía que había convertido al aprendiz de
tendero en millonario, se aplicaba ahora a la realización de un lejano sueño. E
incansable, empleó todos sus medios materiales y sus propias energías. En 1869
se casó con la griega Sofía Engastrómenos, hermosa como la imagen que él tenía
de Helena, que pronto se entregó por completo, como él, a la gran tarea de
hallar el país de Homero; juntos compartían las fatigas, las penalidades y las
adversidades, que no faltaron. En abril de 1870 empezaron sus excavaciones, que
en 1871 duraron dos meses, y en los dos años siguientes cuatro meses y medio en
cada uno. Tenía unos cien obreros a su disposición. Estaba intranquilo,
impaciente y nada le detenía; ni las malignas fiebres palúdicas que los
mosquitos transportaban de los pantanos, ni la carencia de agua, ni la rebeldía
de los obreros, ni la lentitud de las autoridades y la falta de comprensión de
los científicos del mundo entero, que le consideraban como un loco o cosa peor.
En lo alto de la ciudad se había erguido el templo de Atenea; Poseidón y Apolo
habían construido la muralla de Pérgamo. Así decía Homero. Por consiguiente, en
medio de la colina debía de levantarse el templo, y a su alrededor, con sus
cimientos bien clavados en tierra, la muralla de los dioses. Empezó a excavar
en la colina y halló resistencia de muros que le parecían insignificantes; y,
en efecto, venció tal resistencia derribándolos. Halló armas, utensilios
domésticos, joyas y vasos, testimonio irrefutable de que allí había existido
una rica ciudad; pero hallaría aún otra cosa que por primera vez haría sonar el
nombre de Heinrich Schliemann por el mundo entero. Bajo las ruinas de la Nueva
Ilion halló otras ruinas, y debajo de éstas, otras más, pues aquella mágica
colina parecía una inmensa cebolla cuyas capas habría que ir deshojando una
tras otra. Y cada una de estas capas parecía haber sido habitada en épocas muy
distintas; en ellas vivieron pueblos que luego habían desaparecido; allí se
habían construido ciudades y se habían derrumbado, habían dominado la espada y
el incendio, pero una civilización había sucedido a otra, y cada vez se había
vuelto a elevar una nueva ciudad de seres vivos sobre la antigua ciudad de los
muertos. Cada día traía una nueva sorpresa. Schliemann había ido para hallar la
Troya homérica; pero en el curso de los años, él y sus colaboradores hallaron
siete ciudades sepultadas, y más tarde ¡otras dos! Nueve miradas a un mundo
insospechado y del que nadie tenía noticia. Pero, ¿cuál de estas nueve ciudades
era la Troya de Homero, la Troya de los héroes y de la lucha heroica? Estaba
claro que la capa más profunda era la prehistórica, la más antigua, tan antigua
que sus habitantes aún no conocían el empleo del metal, y que la capa más a
flor de tierra tenía que ser la más reciente, guardando los restos de la Nueva
Ilion, donde Jerjes y Alejandro habían sacrificado a los dioses. Schliemann
excavaba y buscaba. Y en la penúltima y antepenúltima capas halló huellas de
incendio, ruinas de fortificaciones poderosas y restos de una puerta
gigantesca. Entonces estuvo seguro: aquellas fortificaciones eran las que
rodeaban el palacio de Príamo, y aquélla era la famosa puerta Escea. Y fue
hallando tesoros, tesoros, desde el punto de vista científico. Por lo que
remitía a su casa y lo que daba a los expertos para su valoración, íbase
perfilando la imagen de una época lejana, de un cuadro acabado en el cual se
distinguían todos los detalles. Aquello constituía el triunfo de Heinrich
Schliemann, pero también lo era de Homero. Lo que había sido leyenda y
mitología, atribuido a la fantasía del poeta, acaso una anónima labor
personificada en un ser inexistente, cobraba vigorosa realidad al quedar
demostrada su existencia. 30 C.W.Ceram Dioses, Tumbas y Sabios Una oleada de
entusiasmo recorrió el mundo entero. Y a Schliemann, que con sus obreros había
removido más de 25.000 metros cúbicos de tierra, le pareció que tenía derecho a
respirar un poco. Empezó a dirigir su mirada a otras tareas. Y señaló la fecha
del 15 de junio de 1873 como penúltimo día para las excavaciones. Y luego, un
día antes de dar el último golpe de pico, halló lo que coronaría su trabajo con
legítimo brillo dorado, inundando al mundo de admiración. El suceso fue en
extremo dramático, tanto, que aún hoy día hace asomar la incredulidad a cuantos
leen tal descubrimiento. Era en las primeras horas de un día caluroso.
Schliemann, como de costumbre, inspeccionaba con su esposa las excavaciones,
convencido de que ya no hallaría nada importante, mas a pesar de todo siguió
los trabajos, lleno de atención. Había llegado a unos veintiocho metros de
aquellos muros que Schliemann atribuía al palacio de Príamo, cuando su mirada
se fijó repentinamente en un punto que animó de tal modo su fantasía que se vio
inmediatamente impulsado a obrar como bajo una sensación violenta. Y, ¡quién
sabe lo que aquellos obreros hubieran hecho si hubiesen sido los primeros en
ver lo que vio Schliemann! Tomó a su mujer del brazo, y le murmuró: —¡Oro! Ella
lo miró, asombrada. —¡Pronto! —dijo—, manda a casa a los obreros,
inmediatamente. —Pero... —empezó la hermosa griega. —Nada de peros; diles lo
que te parezca; que es mi cumpleaños, que te has acordado de pronto... y que
todos tienen que celebrarlo con un día libre. Pero pronto, muy pronto. Los
obreros se alejaron. —¡Aprisa! Vete en busca de tu pañuelo encarnado —gritó
Schliemann mientras saltaba a la fosa y con un cuchillo escarbaba como un loco.
Enormes moles de piedra, escombros de millares de años, quedaban suspendidos de
modo cada vez más amenazador sobre su cabeza. Pero no le preocupaba el peligro.
Con la mayor presteza, separó el tesoro con un cuchillo, cosa que no era fácil
sin gran esfuerzo y mayor peligro de la vida, ya que la gran muralla de la
fortificación bajo la cual tenía que cavar amenazaba enterrarle a cada momento.
«Pero a la vista de tantos objetos, cada uno de los cuales tenía un valor
inmenso, me volvía audaz y no pensé en peligro alguno», cuenta él mismo. El
marfil brillaba discretamente; el oro tintineaba. Su mujer tendió el pañuelo, y
éste se fue cubriendo de tesoros de valor incalculable. ¡El tesoro de Príamo!
¡El dorado tesoro de uno de los reyes más poderosos de los tiempos más remotos,
amasado con sangre y lágrimas; las joyas de personas semejantes a los dioses,
un tesoro enterrado durante tres mil años y sacado a la luz de un nuevo día
bajo las murallas de siete reinos olvidados! Schliemann no dudó ni un instante
de que había hallado el tesoro. Pero poco antes de su muerte se demostró que se
había dejado llevar por la embriaguez de su entusiasmo, y que la Troya homérica
no correspondía a la segunda ni a la tercera capa, sino a la sexta, contando
desde la más antigua, y que aquel tesoro pertenecía a un soberano mil años más
antiguo que Príamo. Los esposos ocultaron aquellas riquezas en una choza, cual
si fuesen ladrones. Y luego, llegó el momento en que sobre una mesa de tosca
madera se derramó aquel tesoro. Había diademas y brazaletes, cadenas, broches y
botones, fíbulas, serpientes e hilos. Probablemente, algún miembro de la
familia de Príamo guardó este tesoro en una caja, apresuradamente, sin tiempo
para echar la llave, y en la muralla debió ser alcanzado por alguna mano
enemiga o por el fuego, y se vería obligado a abandonar la caja, que quedó en
el acto cubierta por cinco o seis pies de ceniza ardiente y piedras del palacio
que se derrumbaba. Y Schliemann, el soñador, toma unos zarcillos y un collar y
se los pone a su joven esposa. ¡Joyas de tres mil años para aquella mujer
griega que no pasa de los veinte! 31 C.W.Ceram Dioses, Tumbas y Sabios
Hechizado, la contempla. —¡Helena! —murmura. Pero ¿adonde dirigirse con aquel
tesoro? Schliemann no puede ocultarlo, y la noticia del hallazgo se hace
pública. Recurriendo a medios azarosos, saca el tesoro con ayuda de unos
parientes de su mujer y lo lleva a Atenas, y de allí a otra parte. Cuando, por
orden del gobernador turco, se incautan de la casa de Schliemann, los
funcionarios ya no encuentran huella alguna de oro en la misma. ¿Es un ladrón?
La legislación turca respecto de los hallazgos antiguos se prestaba a muchas
interpretaciones. Allí reinaba el capricho. ¿Es motivo para maravillarse o
sorprenderse que aquel hombre que había entregado su vida a un sueño, al verse
coronado por el triunfo, intentara salvar para sí y para la ciencia de Europa
aquel tesoro? Setenta años antes, Thomas Bruce, conde de Elgin y de Kincardine,
¿no había obrado de modo parecido con un tesoro muy diferente? Atenas,
entonces, era todavía turca. Lord Elgin había recibido un firmán que contenía
la observación de «que nadie le impidiera sacar de la Acrópolis piedra alguna
con inscripciones o figuras». Elgin interpretaba esta frase con mucha amplitud,
y doscientos cajones repletos del tesoro del Partenón fueron enviados a
Londres. Durante años enteros se discutió el derecho de posesión de estos
maravillosos ejemplares del arte griego. La adquisición había costado a lord
Elgin 74.240 libras. Cuando, en 1816, por una resolución del Parlamento, fue
comprada esta colección, no se le pagaba ni siquiera la mitad, o sea ¡35.000
libras! Cuando Schliemann sacó el «tesoro de Príamo» se sentía en la cima de su
vida. ¿Podría ser superado aún tan resonante triunfo?
Saber teórico
SABER TEÓRICO
De vuelta a casa, su padre para poner a prueba el talento de su hijo, le hizo esta pregunta:
-¿Has aprendido lo que, una vez aprendido, hace que ya no sea necesario aprender más? ¿has descubierto lo que, una vez descubierto, hace que todo ese sufrimiento? ¿Has conseguido saber lo que no puede ser enseñado?
-No -respondió Svetaketu.
-Entonces -dijo su padre- lo que has aprendido en todos estos años no sirve para nada, hijo mío.
A Svetaketu le impresionó tanto la verdad de las palabras de su padre que se puso desde entonces a descubrir, a través del silencio, la sabiduría que no puede expresarse con palabras.


Cuando se seca el estanque y se quedan los peces sin una gota de agua, no basta con echarles el aliento o tratar de humedecerlos con saliva: hay que tomarlos y echarlos al lago. No trates de animar a las personas con doctrinas; devuélvelas a la realidad. PORQUE EL SECRETO DE LA VIDA HAY QUE ENCONTRARLO EN LA VIDA MISMA, NO EN LAS DOCTRINAS SOBRE ELLA.
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