La casa de
mis padres, la casa
de mi infancia, ha sido derribada
No hace
mucho tiempo, un antiguo
alumno mío funcionario actualmente del Instituto Cervantes en Rabat,
me avisaba que pronto iba a ir a Tetuán, la
ciudad donde yo nací, a montar una exposición
de fotografía sobre aquel Atlético de Tetuán, que llegó
a jugar en la primera
división española en los últimos años
del Protectorado , y me recalcaba : seguramente voy
a dormir en el hotel Al Mandari, donde
estaba tu antigua casa ,la casa de
tu infancia. Le contesté
que disfrutara especialmente esos días de
su estancia en Tetuán
y muy especialmente
de las maravillosas vistas
que posee aquella esquina.
Allí estuvo
la casa de
mi infancia, en aquel
punto privilegiado de la
ciudad que forma la
esquina entre el
que llamábamos nosotros
el Paseo de las
Cornisas y lo que
era nuestra calle, en
el numero 20 entonces
de la calle Ahmed
Ganmia, que nominaba a un notable caíd
musulmán de la primera
época del Protectorado Español en
Marruecos.
He de decir
que en Tetuán , mi
familia y yo llegamos
a vivir en cinco lugares
distintos. Aquella época en que mis
padres se casaron (1944) encontrar vivienda o piso
en Tetuán, en su centro, en el
llamado ensanche europeo ,quizás en
su época más esplendorosa,
era casi misión imposible. Solo a raíz
de
la independencia marroquí (1956) cuando cientos
de militares , funcionarios,
comerciantes empezaron a ser
repatriados a España, empezó a
hacerse posible encontrar
una vivienda en algún determinado lugar de aquel ensanche europeo tetuaní.
Y
efectivamente tras vivir en la calle Luneta(donde nací) Puerta Saida y Puerta
de la Reina , un día vino a
casa mi padre
con la buena
noticia de que nos íbamos a
trasladar a vivir
muy cerca del lugar
de su trabajo , muy cerca del
centro del ensanche, la llamada
Plaza del Primo, y
muy cerca, pensando en nuestras
edades escolares, de nuestros
colegios.
Y el
verano de 1956, nos
trasladamos al domicilio de
la calle
Ahmed Ganmia 20. He de decir que la
vivienda tenia además de sus “pros”,
la cercanía al
centro, también sus contras. La
casa era toda
ella un primer
piso , con dos
viviendas al exterior
y otras dos, de
interior, de las cuatro
viviendas, todas tenían un patio interior que distribuía la
luz. A mi familia
nos tocó el primero interior izquierda , sin ventanas a
la calle , pero con
ese precioso patio que
distribuía la luz a toda la casa, y
a donde mi
madre le encantaba las tardes de
primavera y verano , coser y
tener sus macetas de
geranios y otras plantas, y
donde tanto mi
hermana como yo(apenas teníamos 7
y 9 años) hacíamos nuestros
juegos, e incluso llegamos a tener nuestras
mascotas, una paloma, un conejo
y un pájaro, que
nos alegraba las horas.
La cercanía de
mi nueva casa,
al soleado paseo
de las cornisas,
con unas maravillosas
vistas de toda
la sierra sur de
Tetuán y parte del
valle, atravesado por el rio , y
en la lejanía la
chimenea humeante de
la fábrica de
cemento y los pinares
y las ruinas
de la ciudad romana
de Tamuda. Así mismo era cercanía a
unos soportales que aprovechábamos
para
jugar con otros
niños de la zona. Eran
los soportales tanto del Colegio de
la Alianza como más allá,
los del casino
israelita. De ahí vino mi
amistad con niños
israelitas que asistían al colegio, o
con sus familias
al casino.
La limitación de
nuestra nueva casa en
cuanto a no tener
balcones ni ventanas
al exterior, creo que
fui supliéndola con
mi tendencia “ escaladora “ .Cuando me
cansaba o me
hartaba de mis
juegos “solitarios “ en el
patio, me venía
la tentación de subirme, apoyándome
en
la pila de
lavar la ropa
que había en
el patio, hasta una
ventana más elevada, y
en la cual , cuando
mis padres no estaban
en casa o no
me veían, me
empinaba para poder
ver una gratificante vista tanto
de las montañas
que limitaban el sur de
Tetuán ,como mirando hacia
el oeste todo
el amplio patio de recreo del colegio
de la Alianza, donde veía
jugar
a mis amigos
hebreos , compañeros de
juegos muchas tardes, tanto
en nuestros partidillos de futbol en
la misma puerta de entrada
del colegio, como en
los soportales traseros del colegio
o bien del mismo casino
israelita. Aquel ejercicio de
empinarme sobre la
ventana y superar la limitación
del muro que rodeaba
el patio , me
trasladaba a una
preciosa vista, que especialmente
en los atardeceres me facilitaba
casi un ejercicio de
meditación interior
Años después,
confesaba a muchos
amigos que aquellos años que mi familia
tuvo que vivir
en un piso
interior, me facilito quizás,
aparte el ejercicio de mini- escalada
descrito anteriormente, un “cierto
crecimiento interior “,
porque al estilo de como
cuando respiramos, o aspiramos
profundamente y retenemos
algunos momentos ese
oxigeno que nos
permite relajarnos y
oxigenar nuestra sangre y echar
toxinas, así mismo, mi “pequeño
ejercicio escalador “ durante
breves momentos de contemplación
de
aquellas hermosas y
entrañables vistas de mi
ciudad natal esencialmente al
atardecer, me llenaban
tanto en el
momento, como posteriormente en
mis momentos de
profundidad interior cuando
un niño empieza
a plantearse sus primeros
problemas existenciales, de crecimiento, de relación, de
sentido de la vida, de
sus decepciones, de sus
emociones o sus
afectos. Fueron años (1956- 1963) para mis muy importantes.
Alguien conocido me decía con
cariño, que aquella limitación “prohibido asomarse al
exterior” había producido
sin embargo en
mis años básicos de
infancia a adolescencia, un
determinado crecimiento interior ,
digamos casi espiritual,
y que siempre recordare como
momentos de “discernimiento personal” en
relación a mi corta
edad, pero si también
de las
decisiones que ya
iban configurando la
vida de un
niño caminando hacia
el adulto que el
paso de los
años nos conducen.
En aquella
casa, con todo un único
primer
piso , vivíamos cuatro familias, los
del exterior: los Arasan y los
Dueñas, y los
del interior , los Alarcón
y nosotros, los Marín. En
la portería vivía una
anciana, natural de Ronda, la “seña
Antonia”, era callada
y muy seria,
nos regañaba si bajábamos
las
escaleras haciendo ruido, o
los escalones de
tres en tres, tenía una
perrita llamada “chispa “ que
le avisaba cuando
alguien extraño amenazaba
en colarse en
el portal, tenía además en
su mesa camilla
una pecera con
peces tropicales, entretenimiento de los
niños muchas tardes, eso
si alguna bronca de vez
en cuando para
recordarnos que ella
era “la autoridad “ de
la casa. Tan es así que
no quiso nunca
que subiésemos a
contemplar las vistas
desde la azotea. Luego más tarde, ya
al final , casi a punto de
irnos vino la señora Elisa, con
su marido, de la Telefónica
de Torres Quevedo, y su
hijo Pepito Quirós que
durante bastante tiempo
fuimos grandes amigos.
Sentimiento ambiguo cuando en 1963
mi padre nos dijo
que nos trasladábamos a
una céntrica calle, encima de
su trabajo, encima de “La
Onubense”, íbamos a tener dos amplios balcones y ventanas a
una de las calles más frecuentadas de
la ciudad, pero
por otro lado allí quedaban
todas unas vivencias de aquellos años
vividos en mi
infancia , en mis juegos , en
mis emociones, en mis relaciones
con otros niños, en mi crecimiento y vida
interior .
Volví muchas
veces ya de adulto a Tetuán, me gustaba
volver a las
calles de las que fueron
mi casa familiar
en cinco puntos
distintos de la ciudad. Quizás en el punto que
más tiempo me
detuve( puesto que fue también
la
casa que más
años viví, siete en
total ) fue en aquella esquina
que se abría
a una de
las perspectivas más
hermosas de la ciudad, el
final de la calle Ahmed Ganmia
con el vistoso y
alegre paseo de las Cornisas,
un mirador grandioso sobre las
preciosas montañas que
rodeaban el sur de
la ciudad sobre
el meandro que allí mismo
hacia el rio
atravesando el valle. Recuerdos inmensos
de horas interminables
de juegos en
aquellos soportales del
casino israelita, de partidillos de futbol
en la mismísima puerta
del Colegio de la Alianza, o
en el solar
frente a la Esperanza y
junto a la
sinagoga hebrea, que había
frente a
la fábrica de caramelos Duci,
que dirigía el
padre de mi
amigo Simón Benahim. Dulces atardeceres.
En 2019
me toco volver a Tetuán, con una
querida familia también tetuaní que
ahora reside en Málaga. No
me había dado
cuenta de cuando
mi casa, la casa
de mis padres, ya
viejísima…había sido derribada. Me
llevaron al hotel Al
Mandari, llegamos cercano ya
a las diez
de la noche,
y veníamos cansados
de una intensa
visita a amigos
en Ceuta. No percate mucho
cual era el
punto exacto de la ciudad donde
estaba aquel “nuevo
hotel” , solo sé
que al levantarme
a la mañana
siguiente, y al
abrir las persianas,
de pronto me encontré con
aquella inmensa vista
que tanto saboree de
pequeño , en mi infancia,
era el mismo
punto, aquella inmensa panorámica que mis
amigos “malagueños-tetuanís”
llegaron a notarme
casi iluminado y
gozoso al acercarme
a desayunar con ellos. Les
conté mi vivencia.
Llegados a este
punto quiero compartir un
poema que me
hace llorar casi
siempre que lo
leo, si queréis podéis
cerrar los ojos como de
pequeño me decían, cuando queremos
ver las cosas “ desde
los ojos del Corazón”,
es decir de otra forma. Y el
efecto Proust, me hizo al
estilo de la meditación
ignaciana “como si
presente me hallase”, traer al momento aquel mis vivencia de
la niñez, con 8 o
9 años, en la mesa del
comedor, mi padre y
mi madre, mi
hermana, mama terminando de cocinar, todos estamos
en casa, en aquella casa, en la
de Ahmed Ganmia, Comemos, reímos,
contamos cosas, ellos, mis padres sonríen. Luego me
veo recostado en la habitación de
mi infancia, soñando
con el día en
el que puedas
crecer y ser independiente, hacerte mayor. Tenías
tanta prisa por
crecer, que olvidaste
apreciar el tener a
todos en casa. Ya no
existe aquella casa,
ha sido derribada. Deseas volver el tiempo
atrás, tú con tus padres, tu
hermana, los amigos
que visitaban tu
casa y tus juegos
en los
soportales , tus amigos hebreos, Venían, Attias, Bensador, Cohen ,Bendayan, los españoles Guillermo, Vicente, Carlos,
Oigo los
ruidos de la
casa, Fátima lavando la
ropa de mi
casa en el
patio , el señor Arasan
sacando sus perros
de caza, la señora Mari
cantando por malagueñas en la escalera, la sirena del
colegio de la Alianza, las campanas
de la iglesia
donde me bautizaron, Nuestra Señora de las
Victorias . Empiezas a
preguntarte ¿a dónde se
ha ido el tiempo?
Ya ellos no están en
la habitación de al
lado, ya están en
otro lugar. Añoro, si añoro
apasionadamente aquella sensación de
la mesa del
comedor, de hogar, del relato
familiar de nuestras luchas y
avatares de cada día,
cuando estábamos creciendo
hacia el adulto
ya envejecido que
somos ahora. Añoro la sensación de
hogar pero ya
no puedo regresar… la
casa de mi infancia
ha sido demolida y
sus pedazos están expandidos
en mi memoria, en
diferentes lugares, y
a veces cuando
menos lo espero
salen a la
superficie
,
Debí
contarla esta vivencia y
esta experiencia muy emocionado
a mis amigos
malagueños / tetuanís, hijos
y nietos de
antiguos residentes españoles en
Tetuán, porque también ellos
se emocionaron y
riyeron conmigo , tan es así
que continuamente cuando en
Navidades o en
fiestas especiales nos felicitamos
mutuamente, ponen siempre
la “guinda” de que :
ojala Antonio , tengas la
felicidad que aquella
mañana desayunando nos transmitiste
recodando la mirada
de un niño
gozando de
las vistas con aquellas
maravillosas montañas al
frente. Y así lo
recuerdo todos los
años
Aun hoy, me
viene en muchas ocasiones aquel
viejo poema que
casi nos servía
cada atardecer de oración
:
No necesitas invitación.
No hace falta avisar.
Ni siquiera importa cómo llegues vestido
o con qué ánimo.
Esa casa siempre está ahí…
Con la puerta lista para abrirse,
con ese aroma que te lleva directo a la
infancia,
y con dos miradas que te buscan apenas
escuchan que alguien entra.
Es la única casa en la que entras como
si nunca te hubieras ido.
Donde el plato está servido sin que lo
pidas,
y si no comes, te regañan con amor.
Donde tu silencio vale,
y tus palabras son un regalo.
Es ese lugar donde el tiempo parece no
haber pasado,
donde mamá aún te mira con ternura,
y papá finge que no se emociona al
verte… pero sí.
Y un día, sin aviso, ese hogar dejará de
existir.
No porque se venda,
sino porque sus dueños ya no estarán
para abrirte la puerta.
Por eso, si todavía puedes…
ve, abraza, escucha, cena, ríe,
porque la casa de papá y mamá no es
eterna.
Yo ya no tengo esa casa…
y hay días en que daría todo por volver
a abrir esa puerta
y encontrar a mis padres ahí,
esperándome…
como si el tiempo no hubiera pasado.
Si tú aún tienes esa bendición,
no la des por sentada.
Ve a casa, por favor.
Te vendrá bien.
http://antoniomarincarablogsport








.jpg)











.jpg)
.jpg)














.jpg)



.jpg)


