lunes, 11 de julio de 2022

 

AQUELLA  EPOCA  DE  PANTALON  CORTO…

AQUELLOS  AÑOS …donde  por  más  duro  e  inclemente  que  fuera  la  climatología,  raro  era  el  niño  en la  España  de  aquellos  años  que  vestía  habitualmente  pantalones  largos.  Lo  normal  era  llevarlos  cortos, de  cualquiera  de  esos  primeros  tejidos  que,  por  no  necesitar  plancha,  protagonizaban  la  nueva  confección  para  satisfacción de  aquellas  mamas. Acostumbrados  a  pasar  frio  en  las  piernas,  - al  igual  que  a  llevar  una  pajarita  anudada  al  cuello,  a  escuchar  a  los  adultos  llamarles  “mocosos “  y  a  que  los  ordenaran  guardar  silencio  si  osaban  entrar  en  alguna  de  sus  conversaciones- aquellos    chavales,  en  general,  fueron tan  felices  como  pueda  ser  lo  el  más  dichoso  de  los  niños   actuales. Si  acaso,  al  caerse  en  sus  juegos  y  carreras,  se  desgarraban  tremendamente  las  rodillas  algo más.  No  por  ello dejaban de  hacerlo  creyendo  ser  soldados  o  dando  patadas  a  un  balón. La  marcomina  sustituyó  a  alcohol,  y  también  se  imponían  las  tiritas  que  eran  el  bálsamo a  esas  heridas  sin  dolor. Entre  sus  sueños  más  inmediatos  contaba  cumplir  los  nueve  años  para  que  en  el  colegio  les   dejaran  escribir  con  pluma  o  bolígrafo  y  olvidar  el  lápiz  con  el  que  se  les  obligaba  a  hacerlo a  edades  más  tempranas  

                . Se  nos  decía  “ Pórtate  como  un  hombre “  , se  nos  ordenaba  cuando  se  nos  llamaba  al  orden, a  sabiendas  de  que  ser  hombre  era  el  mayor  de  sus  anhelos,  porque  los  hombres  llevaban  pantalones  largos,  tenían  novia  y  podían  fumar , tomarse  una  cervecita  y   echar  el  brazo  por  encima  de  la  chica  a  la  que  ya  consideraba  su  novia  .





















                Solo  entre  los  trece  o  quince  años , dependiendo  de  nuestro  desarrollo  fisiológico  se  aprestaban  raudo  nuestros  padres  a  comprarnos  el  pantalón  largo,  que  junto  al  ritual  de  entregarnos  el  llavín  de  acceso  a  nuestra  casa  independientemente  eran  los “clásicos  ceremoniales “  para  decir  adiós  a  la  infancia  y  entrar  en  el  mundo  de  los benditos  privilegios  que  creíamos  tenían  los  mayores

               Creo  recordar  que  en mi  caso  fue  al  terminar  el  verano  de  1962  al  reintegrarme  de  nuevo  al colegio  cuando  ya  mis  padres  me  tenian  preparado  ese  " ajjuar" de  nueva  ropa  en  la  que  ya ,  con  gran  alegria  no  veia  los  pantalones  cortos,  sino  pantalones  largos. Y al  igual  que  cuando  estrenabamos  nuevos  zapatos ,  me  recuerdo  presumiendo  de  aquellos  pantalones  largos  que decian  adios  a  toda  una  epoca  de  infancia.   

 

















PLAYAS DE NUESTRA INFANCIA...FOTOS DE UN LUGAR Y UN TIEMPO IMBORRABLE EN LA MEMORIA

 

                   Releo en estos días un bonito libro de IGNACIO JIMENEZ investigador e historiador del pueblo de mis padres ROQUETAS DE MAR. Este  libro   con  el  precioso  título “ DE LA MAR “  donde  miro y remiro fotos y rostros conocidos y queridos de la historia del pueblo de mis  antepasados, de  toda  familia  y  también el  pueblo  y  las  playas  de los veranos de mi infancia

                  En la misma portada de  este  entrañable  libro  veo en la foto de aquellos años 20 del siglo XX ,el rostro entrañable, aun niño de nueve o diez años en el bonito atardecer del regreso de pescadores de mi tío Francisco Cara de Cara .Son  quizás  las  fotos  más  antiguas  que  pueda  haber  del  puerto de Roquetas  y  su  gente,  allá  por  los  años  20  del  siglo XX .Y  entre  ellos  aparece  como  no  mi  tío Paco  Cara de  Cara,  criado  allí  junto  a  la  orilla  de  la  playa , entre  el  rompeolas  y  el  cuartelillo  de  carabineros, tras  las  ruinas  del  viejo  castillo  árabe, que  salieron  de  su  infancia , se  criaron  y  fortalecieron en  aquellas  playas. Hasta  que  la  guerra  de  1936  los  sacó  a  distintos  y  lejanos  lugares. Luego  ya  mayores  volvieron a  aquellas  playas  y  recordaron  con  nostalgia  tiempos  de  infancia. Y  juventud.  

                   Entonces  el  puerto  de Roquetas  no  era  aún  puerto, sino  un  pequeño  abrigo  o  refugio  de  embarcaciones  de  pesca ( el  verdadero  puerto  de Roquetas  se  hizo  hacia  los  años  30  y  entre  los  que  ayudaron  a  terminarlo , estuvo  mi  tío  bilbaíno Santi  Goicolea, que  además  introdujo  con  otro  grupo de  bilbaínos el  futbol  en  aquella  aldea  que  entonces  eran Roquetas  y  su  puerto ) lo  recordábamos  no  hace  tanto  tiempo  en  el  bar  de  uno  de  aquellos  testigos, el bar de Jeromo,  donde  todavía  en  aquellos  años  se  admiraba  a  aquel  grupo de  bilbaínos  que  tras  su  trabajo  de  terminarf  aquel  bonito  puerto , jugaban  como  chiquillos  horas y  horas  en  la  explanada  al  futbol  con aquellas  viejas  camisetas del  Athletic  que  traían  de  su  Bilbao  Eran  los  años  30 del  siglo  20 , 

 .

                  Veo  fotos  muy  antiguas  de El puerto de Roquetas donde mi abuelo con paciencia me enseñó a pescar las tardes noches de aquellos veranos  de  mi  infancia. Ternura  y  didáctica  de  mi  abuelo,  carabinero  y  que  llegó  a  ser  alcalde  del  pueblo. Testigo  especial  como  vigilante  y carabinero  en  noches  de  invierno  y  de  verano. Ellos  tuvieron  su  cuartelillo de  carabineros,  donde  se  criaron  todos  mis  tíos  y  tías , entre  el  faro  y  el  castillo  de  Roquetas  de  Mar.  . Y junto al castillo de las roquetas el rincón de la playa donde aprendimos a nadar y donde merendábamos por las tardes y jugábamos interminables horas al balón en la arena.  Aquel  rincón  bonito  formaba  una  pequeña  cala  limitada  por  las  rocas  o  rompeolas  , el  dique  del  puerto  de Roquetas  y  el  castillo  antiguo  junto  al  viejo  faro.

                       Allí  aprendí  a  nadar  con  nueve  o  diez  años,  pero  es  también  el  lugar  siniestro  donde  estuve  casi  a  punto de  ahogarme  ya  con  doce  o  trece  años. Jugábamos  horas  interminables  a  la  pelota  en  la  arena  pero  luego…venían  los  retos ,  las  apuestas  había  que  nadar  mar  adentro,  hasta  divisar  la  torre  de  la  iglesia (pueblo  adentro) cuya  perspectiva  calculo  que  debían  ser  una  brutalidad  de  metros. Éramos  pequeños  aun  y  recuerdo  una  ocasión  donde el  viento  hacia  más  difícil  la  travesía,  y  el  cansancio vencía por cansancio, los  brazos  de  un  niño,  que  agotado casi   extenuado  dejo  de  nadar,  me  dio  un calambre  que  me  impedía  nadar. Afortunadamente ,  un  buen  nadador  como  entonces  lo  era  ya  Juanito González “ el del  alcalde”  el  hijo de don Fernando, se  apercibió de  la gravedad  del  momento  y  me  auxilio, y  me  dio  tranquilidad  hasta  llegar  extenuado  a  la  arena. Juramos  no  contarlo  a  los  mayores,  especialmente  a  mis  padres.

Años  después  conocer  la  muerte  prematura   y  en  la  mar,  de  Juan  me  produjo  mucha  tristeza .El  mar  es  terrible ,Su  belleza   oculta  la  amenaza  de  una  muerte  violenta. El  agua  siempre  esconde  el  furor  de  lo  tenebroso cuando  se  agita. Cuando  uno  nada  en  mar  abierto  nunca  debe  mirar  abajo. Por  eso  el  mar  es  mar  sobre  todo cuando  no  es  verano, porque es  entonces  cuando  se  convierte  en  playa

 

 

                      Y me viene el recuerdo en estas tardes calurosas del mes de julio las playas de mi infancia , las de Tetuán , en el rincón del Medik o en Restinga,( los  años  que  no  tocaba  ir  a  ver  la  familia  en Roquetas o  que  en  Junio  y  principios  de  Julio  aun  no  habíamos  formalizado  el  viaje a  la  península  )  y casi todos los veranos,  ya  a  partir  de  1959  ,en julio o  en   agosto las playas de la romanilla o junto al faro y el castillo de roquetas, horas de juegos interminables almacenadas en el registro de la memoria emocional. Agradezco a Ignacio Jiménez tan espléndido libro DE LA MAR. Y con olor a mar nos vienen tan maravillosos recuerdos .El  mar  siempre  es  tan  grande  que  al  viejo  o  al  niño  los  hace  iguales. Me  viene  a  la  memoria  mi  abuelo,  enseñándome  a  usar  los  volantines  y  la  caña de  pescar,  a  esperar  su  tiempo,  entre  dos  luces,  el  atardecer  o  el  amanecer. Borges  decía  que  quien  mira    el  mar  lo  ve  por  primera  vez  ,o  al  menos  así  lo  dejó  escrito. Y  no  mentía. Porque  el  mar siempre sorprende  con  ese  asombro   contradictorio  que  nos  procuran  las  cosas  que  creíamos saber.

 

Como este entrañable rincón playero , de  mis  recuerdos  de  infancia  en  aquel  Roquetas  de  Mar, de  apenas  tres  mil  habitantes, las  playas  de  las  salinas,  de  la  romanilla, de  la  fabriquilla  y  los  búnkeres  de  la  guerra,  las  playas  de  las  roquetas y  el  castillo,  las  playas  de  la  reserva,  luego  de  la  urba , , lugar  y  lugares  para recuperar fotografías de antaño, trozos entrañables de biografías y seres queridos

                  . No es nostalgia simplemente es reconstrucción. Dicen que la historia enseña mucho pero que no tiene alumnos. In a toma tan inmediata como la vida misma, un lenguaje expresivo, unos rostros concentrados en lo que ven y una  vieja o antigua cámara que observa fascinada una instantánea, un simple momento. Ya decía Roland Barthes que la videncia del fotógrafo no consiste en ver, sino en encontrarse allí, en el lugar y el momento adecuado, para inmortalizar la escena.

                    Un fotógrafo de los de antes, en este caso mi padre, y su vieja cámara alemana, adquirida en Tánger, un trabajo de perspectiva, i casi como los fotógrafos de antaño, con trozos cariñosos de arte humanista, Trozos y retazos de una autobiografía que miramos ahora en el atardecer de la vida con la memoria amorosa de aquel momento tan intensamente vivido

 

 

sábado, 9 de julio de 2022

 


AQUELLOS  CURIOSOS  RELATOS  QUE  OIAMOS  DE  PEQUEÑOS  EN  LA  MELLAH  DE  TETUAN

                   Cuando  era  pequeño   y  apenas  tenía  nueve  años  viviendo  en Tetuán ,  en  Marruecos  recuerdo  que  me  hice  muy  amigo  de  un  chico  español , hijo  de  un  matrimonio  mixto ,  cuyo  padre  era  español  y  católico  y  su  madre  Raquel ,  hebrea. Procedían  de  la  familia  Attias . Eran  bastante  numerosos  este  tipo  de  matrimonios , tanto  entre  católicos   y  hebreos como  también  entre musulmanes  y  hebreos  o  entre  católicos  y musulmanes.

                 Eran  muchos  días  los  que  al  atardecer  y  acompañarle  a  mi  amigo  desde  la  escuela  a  su  casa  , nos  internábamos  por  aquellas  callejuelas  llenas  de  pequeños  comercios de  frutas, hortalizas,  carnicerías, pastelerías,  panaderías, o  sastrerías. A  cualquier  hora  el  ambiente  en  sus  calles  era  muy  animado.

Y  en  aquellas  calles  estrechas  montábamos  en  muchas  ocasiones  nuestros  juegos  y los  clásicos  partidillos  de  pelota  o  al  futbol  que  duraban  horas  y  horas. Y  recuerdo  muchos  domingos  festivos  que  nos  trasladábamos  allí  a  la  judería , donde  encontrábamos  siempre  la  acogedora  presencia  de la  madre  d mi  amigo ,  invitándonos  a  merendar a  aquella  pequeña variada  pandilla  de  amigos  d  de  amigos  de su hijo.

              En  esas  meriendas  algunas  veces  se  incorporaban  amigas  hebreas  de  la  madre  de  mi  amigo,  y mientras merendábamos  entre  exquisitos  pasteles  y  e tortas que  llevaban  almendras  y  pasas,  oíamos  multitud  de  relatos  y  bonitas  historias  que  a  los  chavales  en  aquella  época  y  con  aquellas  edades  nos  dejaban  encandilados. Serian  muchas  y  horas  y  multitud  de  relatos  los  que  podría  llevar  aquí  y  que  estos  días,  leyendo  relatos  de  Abraham  Botbol  Hachuel , de  su  bonito  libro “El  desván  de  los  recuerdos “  me  han  traído  a  la  memoria  la  coincidencia y  el  paralelismo  con  algunas  de  aquellas  historiase  o  relatos  que  oíamos  aquellas  tardes  de  merendola , entre  dulces  y  pastas  con el  dulce  sabor  a  almendras  o  pasas y  el   sonido  de  fondo continuo  de  arrojar  el  dado  y mover  las  fichas  del  parchís  que  presidia  nuestra  mesita  de merienda.

                 La  historia  que  hoy traigo  aquí era  la  que  Abraham B.Hachue l  denomina  en  su relato como  la  sencilla  historia de  Arón  “el  de las  birmas”

“Recuerdo  que  siendo  yo  aún  muy  niño ,  uno de  esos  días  de  vacaciones  escolares, en  los  que  nos  solíamos  reunir  los  compañeros  del  colegio para  inventar  que  hacer  y  en  que  convertir  esas  horas  muertas  de  la  jornada  veraniega.

                  Existía  en  Tetuán,  allá  por  los  años  cuarenta, del  siglo XX,  un  buen  hombre  de  barba  blanca  y  muy poblada   que  le  cubría  hasta  la  mitad  del  pecho. Era  de  contextura  fuerte  y b bien  entrado  en años; la  edad  y  quizás  una  catarata  ocular  sin  la debida  terapia  ,  habían  hecho  que  estuviera  completamente  ciego. Este  hombre,  de  una  indigencia  extrema,  vivía  en  una  pequeña  casa  de  la  judería,  cuidado  por  una  hija  que  había  quedado  soltera.

                  Aunque  su  avanzada  edad  no  le  permitía  salir  a  la  calle todos  en  esa  comunidad   lo  conocían ; era Aron Benasayag o “ aron,  el de  las  birmas “,  pues  aun  sin  haber  jamás  estudiado  nada  que  se  relacionara  con  la  medicina, “Aron  el de  las Birmas “ sabia  acomodar  torceduras, reparar  fracturas óseas  y  aliviar  dolores  de  espalda. Puede  que  influyera enormemente  la  enorme  fe  con  la  que  asistían  los  pacientes  doloridos  a  su  casa.

                    Una  de  esas  tardes  a  más  llegar  a  mi casa  y después  de  las  breves  explicaciones  tanto  mías  como  de  mis  compañeros,  quitándole importancia ,  los  chavales  habíamos  idea  un  campillo  baldío  que  quedaba en  las  afueras  de  la  ciudad,  y  que  improvisadamente  lo  convertíamos  en  campito  de  futbol. Recuerdo  que  durante  el  partidillo  que  habíamos  organizado  tuve  la  mala  suerte  de  que  alguien  me  empujara  y  vine  a  dar  de  bruces  sobre el  duro terreno  lleno  de  piedras. Sentí  entonces  un  dolor  intenso  en  el  codo  que  se  propago  por  todo  el  antebrazo  derecho  y  que  fue  en  aumento,  hasta  tal  punto    que  mis  compañeros  decidieron, en  contra  de  la  voluntad  de  algunos que  veían frustrado  su  día  de  esparcimiento  de  juegos  campestres, llevarme  a  mi  casa. En  el  trayecto  mi brazo  se  había  inflamado.

                     Nada  más  llegar  a  mi  casa  y después  de  las  breves  explicaciones   tanto  mías  como de  mis  compañeros,  quitándole  importancia  por  el temor  a  un  severo  castigo  de  mi  madre, dándose  ella  cuenta  de  que  la  situación  no  era  de  gravedad llamo a  mi padre y  decidieron  que  antes  de  ir  al  médico  ,  me  llevara  mi padre” Me  llevó  a  que  me  revisara  el  brazo “Aron  el  de  las birmas “                    Fuimos  a  la  judería  y después  de  atravesar  varias  calles , a  cuál  de  ellas  más  angostas  y  estrechas,  llegamos  a  una  que  se  encontraba  en  “La  Meca “ , sector  de  la  judería  donde  Vivian  aquellos  judíos  de  muy  escasos  recursos  económicos. Dimos  con  una  pequeña  casa  cuya  puerta  era  de  muy  poca  altura,  por  lo  que  había  que  agacharse un  poco  para  poder  atravesarla. Después  de  los  saludos  correspondientes,  la  hija  de  Arón  nos  hizo  pasar  a  la  habitación  donde  se  encontraba  postrado  el  “ famoso  curandero “.

                         Era  un  aposento sin  iluminación  directa  y  la  poca  que  llegaba  la  recibía  de  un zaguán  central. Se  notaba  en  ella  la  humidad  de  sus  habitantes,  pero  igualmente  se  podía  observar  una  limpieza  y  pulcritud  extremas.

                       Aron  se  sentó  sobre  “el  bohito “ , o sea  una  cama  de  piedra  que  existía  en  casi  todas  las  casas  de  la  judería  tetuaní. Y una  vez  realizada  la  primera  inspección  que  consistió  en  pasar  las  yemas  de  los  dedos  sobre  mi  brazo   sin  causarme  el  mas  mínimo  dolor y,  consciente  de  la  situación, solicitó  de  su  hija  que  ,  un  balde  de  agua  caliente, con   el que  se  lavó  en  forma  detenida  las  manos  que  seguidamente  roció  con  un  poco de  alcohol  con  romero, antes  de  secarlas.

                       Fue  entonces  cuando “Arón  el de  las  birmas “ ,  empezó a  ejercer  su  minucioso  oficio, agarró  enérgicamente  con  una  mano   mi  antebrazo  y  con  la  otra  la  parte  superior  de  él,  para  de  inmediato  y  en  forma  desprevenida  para  mí, dar  un  tirón  fuerte y  en  forma  seca, a  la vez  que  realizaba  un  pequeño  giro ,  el  necesario  para  volver  a  colocar  el  hueso  en  su  sitio.

                        Su  hija que  hacía  de  enfermera ,trajo  unos  huevos  de  los  cuales  previamente  había  sustraído  la  yema  dejando  la  clara  que  en  su  momento  mezcló  con  un poco  de  harina para  formar  un  compuesto  pastoso  con  el cual  embadurno  una  venda de  tela  blanca. Es  decir,  había  confeccionado  lo que  llamaban “una  birma “

                        Con  esta “ birma “  me  amarro  todo  el brazo,  pidiendo  a  mi padre  que no  me  la  quitaran  hasta  pasadas  tres  semanas,  en  que  se  notaría  que  el vendaje  se  había  aflojado. Así  se  hizo,  y  la  verdad  es  que  dio  su  resultado, pues  el  buen  Aron   había  sabido  colocar  en  su  sitio  el  hueso  dislocado  y  lo  había  inmovilizado  el  tiempo  necesario   para  bajar  la  hinchazón  y  aliviar  el  dolor .

                          Y  es  que  Aron,  el de  las  birmas, era  tan  conocido  en  aquella  Tetuán    de  entonces,  que  sus  servicios  eran  solicitados  no  solo  por  los  judíos  sino  igualmente  por  los  moros  y cristianos. Eran  muchos  los  que  venían de  otros  pueblos  y  ciudades  a tratarse  con aquel  buen  hombre., que  la  mayoría  de  las  veces  no  cobraba., y  si  alguna  vez  lo  hacía   era  en  muy  pequeña  cantidad. Arón , fue  otro  de  esos  folclóricos  personajes   que   pasaron   a  la  leyenda   de  esa  comunidad  tetuaní,  y  que  traigo  aquí  por  ser  anecdótico   y  digno  de  ser  mencionado”

                            No  hace  muchos  años  haciendo  la  travesía  integral  de  Sierra  Nevada  desde  la  casa  de Tello  hacia  el  Caballo y  por  el  rio  lanjaron,  uno  de  los  niños  “pequeño  montañero” que  venía  con  nosotros, Juanlu,  se  torció  el  tobillo,  y  “ veía  las  estrellas    cada  vez  que  reanudaba  el  camino.  Unos  pastores  nos  hablaron  de  que  entre  ellos  había  uno  que  tenía  ese  carisma,  el  “ de  poner  los  huesos  en  su  sitio”. Lo  llamaron. Como  todo  en  la  sierra,  no   existía  el  tiempo.

                           Tardó varias  horas,  pero cuando  vino con  sus  ovejas,  calentó  una  pócima  con  varias  hierbas  de  la  sierra, y  con  una  pomada  que  llevaba,  algo  de  alcohol  de  romero  y  una  mezcla  de  zahareña ,  le  dio  suaves  masajes  al  chaval  en  el  tobillo,  con  la  consabida  expectación  de  todos  sus  compañeros  de  clase, convertidos  en  montañeros  en  aquella  bonita  travesía  integral  de  la  sierra. Diego  el  de Capileira,  el  de  las  manos  mágicas. Aquello  no  lo  olvidaron  nunca.  Y  muchos  años  más  recordaban  incluso  sus  viajes  con  sus  familias  al  pueblo  para  verle  y  saludarle ,  pues  desde  aquel  momento  quedó  como  un  auténtico  curandero  mágico,  en  medio de  aquellos  riscos  pelados,  haciendo  el “milagro”  de  quitarle  el  inmenso  dolor  a  su  compañero dolorido.  Me  recordó  aquella  vivencia  las  historias  y  relatos  oídos  en  casa  de Raquel,  la  madre  de  mi  amigo ,aquel  amigo  de  la  infancia,  en  la  judería  de Tetuán ,  cuya  casa  fue  tantas  veces  testimonio de  tantas  y  tan  bellas  historias  de  comprensión  y  vocación  en  el oficio de  hacer  más  agradable  la  vida a  las  personas,  sin distinción de  clases , religión  o  condición.